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Viviendo bajo el terrorismo

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Clarin.com

10/09/16
Viviendo bajo el signo del terrorismo global
11/s - 15 AÑOS DESPUES

Desde los atentados contra las Torres Gemelas los ataques se hicieron más letales y cotidianos. La seguridad marca nuestras vidas. Se perdió privacidad. Y el ISIS, sucesor de Al Qaeda, es una amenaza latente para todo el mundo.

Gustavo Sierra

Desde el ataque a las Torres Gemelas en ese fatídico día de fin de verano neoyorquino, el terrorismo no sólo se hizo más letal y más común sino que se expandió por todo el mundo. Cada día hay un nuevo ataque de algún coche bomba o un kamikaze. En 2015 hubo atentados en 100 países. Una encuesta del Pew Reaserch Center dice que en 8 de los 10 países europeos donde se midió, el ISIS es visto como una amenaza más grande que el cambio climático o la inestabilidad económica. Y en junio de este año, otro sondeo de la CNN marca que los estadounidenses tienen los mismos niveles de preocupación que cuando se lanzó la guerra de Irak en marzo del 2003: creen que “se puede producir un ataque terrorista en cualquier momento”. Y ahora, no sólo es una bomba. Se ampliaron enormemente, de acuerdo a los investigadores, las posibilidades de un ataque nuclear o biológico. Se sabe que el ISIS montó laboratorios muy sofisticados en su “Califato” para experimentar con nuevos químicos que puedan pasar sin ser detectados por las aduanas y aniquilar a grandes porciones de la población en segundos. Tampoco son sólo en los centros neurálgicos como Nueva York o París. Pueden ser ciudades más pequeñas como Niza o mucho menos preponderantes como las del norte de Nigeria que son permanentemente acosadas por los kamikazes de Boko Haram. E incluso, muy cerca nuestro. La comunidad judía argentina se encuentra muy preocupada por un ataque que se produjo en marzo a un comerciante de Paysandú, en Uruguay, por parte de un fanático musulmán que lo apuñaló por la espalda gritando alabanzas a Allah y al ISIS; así como un ataque antisemita en el club Macabi de Santa Fe, donde dejaron una bandera del ISIS con una bomba simulada diciendo: “la próxima será de verdad”.

El 11 de septiembre de 2001, cuando los 19 kamikazes se subieron a los aviones para incrustarlos en los edificios más emblemáticos de Estados Unidos, el mundo tuvo un vuelco extraordinario. Pero ni en pleno shock postraumático de las 3.000 muertes, los hierros retorcidos, un presidente confundido mientras quería seguir leyendo un cuento a unos chicos del jardín, los sobrevivientes cubiertos de escombros y polvo caminando como zombies, la retórica belicista, el bombardeo de Afganistán y la invasión a Irak, podíamos imaginarnos que 15 años más tarde todo iba a ser peor. El terrorismo ya no es apenas un invitado con algunos campos de entrenamiento en los alrededores de Kabul. Ahora controla un vasto territorio entre Siria e Irak, el norte de Nigeria, la costa de Libia, porciones de Chad y Yemen y se expandió por Asia y Europa. Ya no sólo tiene la capacidad de organizar una sola gran acción con enormes recursos y cuatro años de preparación como lo hicieron Khalid Sheik Mohammed y Abu Hafs al Masri para concretar los ataques de Nueva York y Washington. Ahora, cuenta con lobos solitarios o agentes poco entrenados que simplemente alquilan un camión y atropellan a cientos en nombre de la sharía extrema, la ley coránica como se aplicaba en el siglo XII.

Las Torres Gemelas del World Trade Center se convirtieron en un símbolo de la prosperidad americana apenas se inauguraron en 1973. Pero no fue hasta el 7 de agosto de 1974 en que “adquirieron el alma” cuando un funambulista francés, Philippe Petit, las cruzó caminando por un cable a 417 metros del suelo. Fue un escándalo y una sensación en ese momento. Las torres, finalmente, lograron llegar al corazón de los neoyorquinos y, por ende, al del resto del mundo que admira a esa ciudad. Veintisiete años más tarde terminó “el ensueño” y devino “la pesadilla”. Estados Unidos abandonó de inmediato su relativa pasividad adquirida a los golpes con la derrota en Vietnam y comenzó a despedirse de su nuevo papel de potencia hegemónica tras la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética. El desorientado presidente George W. Bush, que había llegado a la Casa Blanca envuelto en sospechas de fraude, encontró su razón de ser y lanzó la “guerra contra el terrorismo que no cesará hasta que cada grupo terrorista de la tierra sea derrotado”. Primero fue a castigar a Al Qaeda y sus protectores en Afganistán –una acción que muchos justificaban en ese momento por el horror sufrido- y luego la inexplicable invasión a Irak, basada en mentiras como el de que la dictadura de Saddam Hussein acumulaba un arsenal químico-, que desvió la atención del foco principal del terrorismo y nos llevó exactamente a las antípodas de lo buscado. Desde entonces, de acuerdo a la base de datos del Global Terrorism Index de la Universidad de Maryland, las acciones terroristas se fueron acumulando y expandiendo año a año. En 2013, los ataques azotaron a 59 países con 2.492 ataques y 6.362 muertes. Un año más tarde, ya eran cien los países y en 2015 hubo un aumento de casi el 60% en los atentados que dejaron 17.959 muertos.

Quince años después de que el vuelo 11 de American Airlines fuera estrellado contra la torre norte a las 8:46 de la mañana y el 175 de United Airlines contra la torre sur, 16 minutos más tarde, esa zona del Lower Manhattan (ver “Tras los ataques...”)ha sido completamente reconstruida. Tres torres de oficinas se levantan en el mismo predio que ahora está coronado por una fantástica estructura del Oculus, diseñada por el arquitecto español Santiago Calatrava y que representa las alas desplegadas de una paloma que está siendo dejada en libertad. A un lado el museo de lo que sucedió allí, el National September 11 Memorial. Muy cerca, un flamante shopping con 100 tiendas de lujo. Por debajo un mundo que combina las estaciones de 13 líneas del subte y ferries que aglomeran a 300.000 personas cada día. Un conglomerado que ya tiene 15 millones de visitantes al año. Y entre medio de esa multitud una muestra clara de la consecuencia más visible que dejaron para siempre los atentados: la seguridad extrema y la pérdida de las libertades. Cientos de guardias y soldados armados como si estuvieran patrullando las calles de Bagdad. Se alteró el equilibrio entre libertad y seguridad. Una sociedad abierta e informal se transformó en otra siempre vigilante.

El argumento de los que defienden ese tan alto nivel de alerta es que desde el 11/S no se produjeron otros grandes atentados. Y se lograron abortar complots como el del camión repleto de explosivos que conducía un miliciano de origen paquistaní con residencia estadounidense y que intentó hacerlo explotar en el medio de Times Square. Pero todo fue a un costo enorme. Se invirtieron cada año desde el 2001 unos 400.000 millones de dólares (el equivalente a los fondos de argentinos en cuentas en el exterior) adicionales en seguridad. Esto, sin contar los más de 1,3 billones de dólares que costaron las guerras de Irak y Afganistán, de acuerdo a cifras Instituto Watson de Estudios Internacionales, de la Universidad Brown. Y hay que sumar los enormes gastos permanentes para el cuidado de los tres millones de veteranos de estas guerras que registran, a su vez, el mayor número de suicidios de cualquier otro conflicto anterior.

El presidente, los jueces y la policía tienen más poder, y se atribuyen más autoridad para inmiscuirse en las vidas privadas de los estadounidenses. La seguridad en los aeropuertos es extrema. Cada vez que apareció una nueva modalidad de posible atentado, fuimos perdiendo mayor intimidad. Cuando a uno se le ocurrió ocultar una bomba en la suela de sus zapatos, todos tuvimos que quitarnos los nuestros cada vez que estamos por subir a un avión. A otro se le ocurrió ocultar un explosivo en un jabón líquido y desde entonces se producen largas colas y esperas cuando nos olvidamos una crema en el bolso de mano. Y, obviamente, la pérdida de la privacidad en las comunicaciones. En los últimos 15 años, la sofisticación de la vigilancia hizo que ya no haya casi ninguna comunicación privada. La Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos, de acuerdo a una investigación del New York Times, logra monitorear 1.700 millones de mails por día y el equivalente a 2,5 gigabytes de información por segundo. No hay mail o foto o tweet o mensaje de whats app que no pase de alguna manera por un filtro de algún algoritmo que nos espía. “Como el primer día después del 11/S seguimos con esa mentalidad de emergencia. Esta es la nueva normalidad”, explica Susan Herman, de la Unión de Libertades Civiles Americanas, la organización libertaria más importante de Estados Unidos. “Si no damos marcha atrás en ese proceso de alguna manera, vamos a terminar haciendo realidad el estado orweliano de un Gran Hermano siempre vigilante”. En este sentido, hay dos prácticas que se hicieron ordinarias cuando hasta antes del 11/S estaban absolutamente prohibidas por la ley. Por un lado, están las llamadas “entregas extraordinarias” que son las transferencias ilegales de sospechosos extranjeros capturados a un tercer país para su detención e interrogatorio. Con centros clandestinos de detención en lugares tan extremos como Tailandia, Polonia o un portaaviones que navega por el Océano Índico. Y por el otro, el confinamiento de esos detenidos en la base militar estadounidense de Guantánamo, en Cuba, sin acceso a un juicio o defensa apropiada. El presidente Barack Obama dijo que quería cerrarla pero nunca lo logró y aún hay allí 61 presos sin proceso.

Pedestrians pass the mural "9/11" that is installed on the facade of Century 21 department store, Wednesday, Sept 10, 2014, in New York. The installation, which will last three weeks, is an homage to New Yorkers who endured the terror attacks of Sept. 11, 2001, according to the Los Angeles-based artist, Thierry Guetta, who goes by the name, "Mr. Brainwash." The store faces the World Trade Center where the 9/11 anniversary ceremony will be held Thursday. (AP Photo/Mark Lennihan) eeuu nueva york nueva york 13 aniversario del atentado terrorista en el world trade center torres gemelas conmemoracion atentados terroristas del 11 de septiembre
Desde otro punto de vista todo esto trajo lo que se denomina como “fatiga del terrorismo”. Hay tanta información sobre terribles acontecimientos con cientos de muertos y heridos que la mayoría de los seres humanos tendemos a encerrarnos en nuestras vidas cotidianas y alejarnos de la realidad para intentar evitar un mayor sufrimiento. En julio, en apenas una semana hubo terribles explosiones con 22 muertos en Bangladesh, 44 en Turquía, 292 en Irak, otros 37 en Pakistán. Demasiada información para ser digerida y entendida por un televidente promedio. El National Consortium for the Study of Terrorism registró en 2015 un récord de 14.806 actos terroristas de algún tipo, lo que hace un promedio de 41 ataques por día. “Estamos siendo bombardeados con esa narrativa, que en un principio da mucho miedo, puede llegar a paralizar, pero que después, con el tiempo, pasa a ser algo de todos los días, lo aceptamos como una normalidad”, explica la investigadora Alexandra Bradford al diario USA Today. Y esto hace que el 75% de los estadounidenses y europeos, de acuerdo a un estudio del Pew Center, acepten que “el terrorismo llegó para formar parte de nuestras vidas”. Una sensación que ya es global. El terrorismo se afirma y se expande como el fuego. Y esas imágenes que permanecen clavadas en la memoria de millones y millones, que nos marcaron para siempre, ahora ya se transfieren a la vida cotidiana de los chicos que no habían nacido aún esa mañana del 11/S y que, de todos modos, tendrán que vivir el resto de sus vidas bajo las consecuencias.

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