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Vender el alma al diablo

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Recuerdos del presente

 

El alma de los bolivianos

 

Humberto Vacaflor Ganam

 

Hace once años, en diciembre de 2000, el entonces presidente Hugo Banzer asistía a una conferencia que organizó la ONU en Palermo, Sicilia. Había sido convocado para recibir el reconocimiento de la comunidad internacional por haber acabado con los cultivos ilegales de coca en el país.

Muy aquejado ya por el cáncer que lo obligaría a renunciar poco después, Banzer pidió a la comunidad internacional ahorrarse los aplausos, porque si no llegan a tiempo las inversiones que requiere Bolivia para crear una economía alternativa, los cultivos ilegales volverían.

Los tiempos no estaban para que los inversionistas del mundo pudieran atender el pedido de Banzer. La crisis surgida en el Asia en 1997 estaba haciendo estragos en la economía mundial, con duras repercusiones en Bolivia.

El precio del estaño era entonces de 1,87 dólares por libra fina (ahora está en 9,11), del oro 274 por onza (ahora en 1.700) y de la plata 4,27 (ahora en 32). Pero además, se estaba yendo de Bolivia un famoso banco español, lo que redujo la cartera bancaria destinada al agro cruceño. Y la caída en la producción de coca y sus derivados se sentía en Cochabamba.

La aparición del gas natural como nuevo soporte de la economía, el primer soporte ajeno al altiplano en la historia del país, requería de muchas inversiones. Las carreteras estaban cortadas: la del Chapare por furiosos cocaleros (que acababan de asesinar a los esposos Andrade), las del altiplano por líderes aimaras decididos a restablecer el Tawantinsuyo, mientras La Niña castigaba a todas las regiones.

El país estaba viviendo una apretura económica sin precedentes. El ensayo de los bolivianos por vivir sin el pecado de la coca y sus derivados resultó demasiado duro  pero sobre todo inoportuno. En los intestinos del país se sentían retorcijones parecidos a los que sufren los adictos que quieren dejar el vicio.

Por diferentes razones, estaban furiosos los mineros potosinos y orureños, los cocaleros del Chapare, los cochabambinos y los empresarios cruceños. Una reforma de pensiones aplicada sin anestesia vino a complicar la situación de la economía todavía más, además de la reforma de la Aduana, que redujo los ingresos de miles de contrabandistas.

El discurso de Banzer en Palermo, de veras, era un grito desesperado pero también sin esperanza. La comunidad internacional no pudo ni quiso venir en ayuda de ese experimento purificador, de ese gobernante que quería purgar la economía boliviana de algunos de sus pecados.

Era una situación parecida a una catástrofe.

Jean Stoetzel, en su libro “Psicología social” dice que los pueblos sometidos a situaciones de catástrofe reaccionan, primero, con el shok; luego se sustraen del presente inmediato y buscan refugiarse en el pasado inmediato. En tercer lugar los pueblos sometidos a una catástrofe aceptan a los líderes improvisados que se ofrezcan, y los identifican como “potencias protectoras”.

Dicho en buen romance, en momentos de catástrofe, los pueblos pueden incluso vender su alma al diablo, como ocurrió en Bolivia en ese momento.

Pero los análisis nunca deben ser estáticos, dice un amigo. El diablo puede también llevar a una nueva catástrofe.

 

 

 

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