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Ucrania y el shale gas

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RISIS EN UCRANIA EL ANÁLISIS Claves energéticas de la crisis Una válvula de presión en una caldera de la ciudad ucraniana de Zolochiv.

REUTERS

JOHN MÜLLER

La energía es uno factor clave del pulso estratégico que se libra en Ucrania. La disputa sobre el gas ruso ha sido, desde marzo de 2005, la clave que ha hecho que una parte de los ucranianos busque el amparo de la Unión Europea. Todo comenzó cuando Rusia acusó a Ucrania de quedarse con parte del gas que iba a la UE. Kiev lo negó al principio, pero acabó admitiendo que había desviado una parte para el consumo interno.

Rusia ha cortado el gas a Ucrania en dos ocasiones, en enero de 2006 y de 2009, y en ambas tuvo graves repercusiones en la UE. Aproximadamente, una cuarta parte del gas que consume Europa es ruso y el 80% del mismo pasa por Ucrania. Con el tiempo, lo que era una simple disputa comercial entre la rusa Gazprom y la ucraniana Naftohaz por el precio y los robos se ha transformado en una cuestión geopolítica. En 2010, el Tribunal de Arbitraje de Estocolmo ordenó a Naftohaz indemnizar a RosUkrEnergo, 'broker' suizo de capital ruso, por haberse quedado con parte del gas en tránsito.

El conflicto ha cumplido ya una década, pero ahora se desarrolla en un escenario cambiante. Lo más novedoso es la revolución energética en Estados Unidos. La explotación mediante 'fracking' (fracturación hidráulica) de hidrocabruros no convencionales, como el gas de lutita o de esquisto ('shale gas') o el petróleo de esquistos bituminosos ('shale oil') ha cambiado al país radicalmente. En 2008, el gas costaba 12 dólares el millón de BTU ('british termal unit') y en el año 2011, cuatro dólares.

Esta bajada de precios ha hecho que entre 2003 y 2009 el número de vehículos a gas creciera un 25% y que para 2030 un tercio del transporte por carretera se habrá gasificado.

Pero también el petróleo no convencional está viviendo una revolución. La Agencia Internacional de la Energía estimó a finales de 2012 que Estados Unidos se convertirá en 2017 en el principal productor a nivel mundial, superando a Arabia Saudí. Ésta es la razón por la que ya nadie se acuerda de cuando Barack Obama denunciaba la oil addiction de su país en junio de 2010.

Esto supone una revolución económica -la competitividad de EEUU ha mejorado en un 20% gracias a la bajada de la energía-, medioambiental -el país ha dejado de consumir el contaminante carbón que ahora compramos nosotros- y geopolítica.

A diferencia de Europa, la mayoría de las fuentes energéticas de EEUU ahora están en su territorio. Ya no necesita un gran despliegue militar para cubrir sus líneas de suministro. El reciente anuncio de que reducirá su ejército al tamaño que tenía antes de la II Guerra Mundial va en esa dirección. Esto supone menos gasto militar, menos presión para su deuda, pero también significa el fin de EEUU como guardián de los intereses europeos. Europa tendrá que gastar más para proteger sus fuentes energéticas.

Ucrania es ahora un motivo de conflicto de la UE con Rusia, provocado en parte porque Europa no ha sido clara respecto a cuáles son sus objetivos en Kiev. Nos hallamos en una situación de indefinición similar a la que reinó al comienzo de la crisis griega. Nadie es capaz de tomar el liderazgo y definir una política al respecto. Si la revolución del shale gas y del fracking hubiese tenido lugar en este continente, la UE podría actuar con independencia del gas ruso y ofrecer una esperanza a Ucrania. Desgraciadamente, la posición de Bruselas es débil y no se entiende que se haya alimentado con falsas esperanzas a los revolucionarios de Maidan.

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