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Todos contra Leopoldo, obra de teatro

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Recuerdos del presente

 

Actores en busca de autor

 

Humberto Vacaflor

 

El caso Leopoldo Fernández se parece a una obra de teatro con personajes obvios que van repitiendo cosas, sin saber exactamente por qué, como obedeciendo al destino. Es como si hubieran sido predestinados a repetir frases, actitudes y poses.

Como lo imaginó Luigi Pirandello en una famosa obra de teatro, ahora en Bolivia hay unos personajes que todavía no están buscando a su autor, pero que han comenzado a actuar.

En este teatro político, alguien escribió un guión inspirado en su preciso conocimiento de los personajes. Imaginó a un gobierno soberbio y creó un personaje contra el que esa soberbia debía estrellarse de manera torpe. Es fácil cuando se trata de actores previsibles.

La tarea era hacer que el candidato, que está preso y que conforma una fórmula opositora, monopolice el debate político, concentre la atención de los medios de comunicación y haga que todos hablen de él.

El espectáculo fue ideado para que haya escándalo y para que el personaje principal, como en la novela de Alessandro Manzoni, sea casi innombrable. Es el centro de la trama pero no aparece, no tiene que aparecer.

Sólo una creación excelente podía hacer que un candidato preso termine teniendo, en los medios y en la opinión pública, tanta o más cobertura que el presidente-candidato. Es decir que eclipse al caballo del corregidor, con el corregidor encima.

Para que esto se diera, no importaba si el corregidor tuviera muchos medios de comunicación propios, varios medios amigos, otros medio sedados, además de una multitud de periodistas alquilados. De todos modos, el candidato innombrable tiene más prensa.

Para esta trama no cuenta nada si el personaje sea o no un buen orador. En este caso, no es muy buen orador, aunque es mejor que su compañero de fórmula. (Tan mal estamos en oradores ahora que el mejor del momento es Evo Morales, con su media lengua. Nunca se sabrá, tampoco, qué pasó con el aymara que mamó de su madre.)

Pero el autor no puede forzar tanto las cosas. Juega con los personajes que están a su alcance. No puede crear personajes, sólo usarlos.

Es una campaña electoral hecha con el apoyo de los rivales. Sin los rivales, la campaña sería inútil.

Los personajes están repitiendo, uno a uno, los parlamentos que el desconocido autor les asignó. Los medios de comunicación, sin saberlo tampoco ellos, tienen un rol en esta comedia.

Hubiera sido una gran frustración para el autor que, por ejemplo, los actores que representan al gobierno hubieran aceptado, sin poner ninguna objeción, que el candidato hablase todo lo que quisiera. Se habría suspendido la función.

Se trata del ingenio de un autor. Creo saber de quién se trata. Es un político paceño que ha estado practicando el arte de hacer que otros reaccionen ante sus señales. Hay un alcalde que zapatea de bronca, insulta y anuncia juicios, cada vez que este político lanza algún mensaje sobre su posible candidatura.

Ese caso le habrá servido de ejercicio. Ahora, este autor está mostrando que no solamente puede provocar que un alcalde pierda la compostura cuando él lo provoca: ha puesto todo un elenco en el escenario, que incluye al presidente, al vicepresidente, a ministros, diputados despedidos, diputados promovidos, senadores despedidos, figurettis en espera, todos. Es el teatro de la vida.

 

 

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