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De terroristas y dictadores

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Recuerdos del presente

Juegos peligrosos

Humberto Vacaflor

En la década de los 60, mi colega Hernán Velásquez, que trabajaba en el diario “Hoy”, tuvo un problema con la policía del general René Barrientos. Fue convocado para explicar unos telegramas que recibía de Moscú y que él contestaba de inmediato en un código que los policías no entendían. Miraban con recelo una copia que tenían del último telegrama recibido por mi amigo y que decía, simplemente, “P4AD”. Y su respuesta, que también estaba en las manos de la policía, decía: “C3AR”.
Fueron llamados por la policía barrientista los mejores descifradores de códigos secretos de Tiwanacu. Pero se negaron diciendo que ellos sólo descifraban códigos esculpidos en piedra. Por entonces estaba en vigencia el “Pacto Militar-Campesino” y –muy serviciales como siempre que estrenan caudillo- algunos jilacatas y mallcus se ofrecieron para ayudar a descubrir el sentido de los mensajes. Unos especialistas en leer el futuro en hojas de coca fueron descartados, por analfabetos. No sirvieron tampoco los adivinos que leían la ceniza de los cigarrillos, porque exigían que los detectives fumen los Astoria. Decían que ningún originario iba a leer cigarrillos con tabaco rubio. Como los detectives no dejaban de toser al fumar Astoria, el operativo abortó.
Los desconfiados detectives barrientistas no aceptaban las explicaciones de mi amigo Hernán. Él les decía que estaba jugando una partida de ajedrez por telégrafo con un compañero de estudios en la capital de los zares, por entonces ocupada por los bolcheviques, antes de que fueran derrocados por su propia ineptitud y por la economía.
Los telegramas capturados por la policía sólo decían que el jugador de Moscú estaba adelantando a la cuarta casilla su Peón de Alfil Dama. Y la respuesta decía que avanzaba su Caballo Rey a la tercera casilla del Alfil. Estaban comenzando una partida. Faltaban unos años para que se adopte la definición de las casillas del ajedrez por coordinadas horizontales con letras y las verticales con números.
Los nervios de los detectives se justificaban porque eran los días de la guerrilla del Che Guevara, que había llegado con la intención de crear uno, varios Vietnams, pero se le trabó el M-1 que portaba y murió sin crear ni siquiera un Vietnam.
Por esos días, Barrientos estaba acariciando la idea de declararse dictador. Fue con esa idea que voló a la eternidad.
Pero antes de volar ordenó que el ejército tomase por la fuerza la mina Siglo XX y estableciera una nueva fecha en el santoral revolucionario de los bolivianos: la Masacre de San Juan. Más de treinta mineros fueron asesinados por las tropas de Barrientos la noche del 23 de junio de 1967. Habían sido los únicos que decidieron apoyar, con un jornal, a la guerrilla que, no se sabía entonces por qué, el Che había decidido organizar en el sudeste ante la indiferencia de los campesinos.
O sea que la tendencia histórica es que cuando algunos “salvadores” deciden levantar las armas para defender a los pueblos, son los dictadores, en ejercicio o en potencia, los que quedan muy agradecidos. Tienen el pretexto para derramar brusca sangre. En seguida movilizan tropas con órdenes de matar a la gente. No entienden de jueguitos, ni en el tablero ni en la selva.
Los “salvadores” son funcionales a los dictadores. Forman la fraternidad de los gatillos fáciles.

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