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Revolución sin rumbo

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Recuerdos del presente

 

El cambio del proceso

 

Humberto Vacaflor Ganam

 

El presidente Evo Morales en París pidiendo inversiones y rogando porque Francia sea la nueva cabecera de playa para las relaciones de Bolivia con Europa, en vista de que España ya no podría hacerlo por lo golpes que ha recibido.

El ministro de Economía preparando una Ley de Bancos que equivale a una estatización de todos ellos mientras el vicepresidente ofrece una especie de catequesis a nuevos cuadros para la “revolución” masista que, entre bostezos, escuchaban el relato de sus valientes ataques contra indefensas torres eléctricas en el altiplano.

Y en el parlamento, el senador Eugenio Rojas, con vocación de empleado de una perrera, decía que la pena de ocho años de cárcel para los avasalladores de minas no ha sido pensada sólo para ellos, sino también para todos los avasalladores de la propiedad privada en general.

Para entender el sentido de estos contradictorios mensajes hay que ser adivino. O encontrar indicios.

Las angustias del presidente por atraer inversiones se deben a que su gobierno ha elevado tanto el gasto público que necesita ingresos muy altos. Se ha acostumbrado a ser un derrochón y ahora algo le dice que los ingresos están cayendo. Y sabe que su política económica ha deprimido las inversiones.

El vicepresidente, que no ha dejado de soñar con un clima de insurrección popular desde sus tiempos de aprendiz de terrorista, cree que una eventual quiebra de las finanzas públicas le daría ocasión a sus utopías.

Y el ministro de Economía, prisionero y víctima de su propia propaganda, según la cual él es el autor de la actual bonanza, cree que puede acaparar los flujos financieros de ese “milagro”.

Cada uno con su sueño y con su obsesión. El presidente que quiere seguir siendo derrochón, el vice que quiere cosechar en el desastre y el ministro que quisiera recoger los frutos de “su siembra”.

Endiosado, el presidente no quiere ceder ni siquiera ante su capricho de que el aeropuerto de Oruro lleve su nombre, el vicepresidente quisiera que este gobierno le dé las condiciones para realizar su sueño de conductor de una gran insurrección, y el ministro acomplejado que quisiera que se le reconozca los méritos de algo que no hizo.

No hay que extrañarse. Todas las grandes y pequeñas “revoluciones” terminan convertidas en tristes melodramas urdidos por tristes personajes. Es cierto: algunas demoran más tiempo en llegar a ese estado de crisis.

Vacaflor.obolog.com

 

 

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