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SOBRE EL RELOJ AL REVES

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La Paz, agosto 2014- PUKARA


El reloj del Congreso:
¿La revolución es el tiempo al revés?


Antonio Pérez

* beltranp@arrakis.es

Contrastar al Occidente con una emergencia cultural tradicional respecto a la medición del tiempo podría consistir en cuestionar la noción de tiempo y de su medición en horas, por ejemplo, estableciendo para ello los instrumentos adecuados para calcularla y no simplemente en ejecutar jugarretas como la de invertir el desplazamiento de las
manecillas de un reloj que, conceptualmente y a pesar de ello, sigue siendo «occidental». Mientras dure el reloj invertido en la plaza Murillo de La Paz, saltará a los ojos de cualquier espectador la inepcia del actual gobierno en el terreno de la «recuperación cultural».
El gobierno boliviano se ha permitido la travesura de invertir el desplazamiento de las manecillas del reloj: las de antes, al parecer propias de un mundo caduco, se movían de derecha a izquierda —“en el sentido de las agujas del reloj”—,mientras que
las revolucionarias, las de ahora, van a moverse al revés, de izquierda a derecha. Según el
mismo gobierno, las antiguas eran colonialistas-septentrionales-imperialistas y por ello han sido sustituidas por unas flecheras tradicionalistas meridionales-indígenas. En pocas pero finas palabras: de dextrógiras han pasado a ser levógiras.
La invención de las horas en Occidente
En el sentido actual de la veinticuatroava parte del giro terrestre, las horas son una
convención muy moderna. Que la Tierra gire sobre sí misma es
un fenómeno natural, astronómico y evidentemente ajeno a la voluntad humana. Sin embargo, la división en 24 horasde esa rotación es un invento occidental que tiene fecha de
nacimiento y, además, reciente.
Pareciera, sin embargo, que Occidente está dominado por un
(ridículo) intento de oscurecer el conocimiento de su propia
Historia. Por ejemplo, en este sentido, las ediciones actuales
de uno de sus libros sagrados se empeñan en hacernos creer
que las horas son naturales o, al menos, que su uso se remon-
ta a tiempos inmemoriales. Por ello, la Biblia actual asegura en
San Juan 9,9, que Jesucristo dijo: “¿No son doce las horas
del día?”
1
. Esta afirmación es históricamente absurda por la
sencilla razón de que la divisióndel tiempo en 24 horas no se
populariza en Occidente hasta el siglo XVIII
.En realidad, la artificiosidad de las 24 horas fue un paso impor-
tante en la tarea de analizar e incluso de humanizar el discurrir
del Cosmos. Pero no fue un paso inédito o en el desierto, puesto
que la necesidad de medir con alguna exactitud inamovible
comenzó a fraguarse en Europa a partir del siglo
XIII

2
. En aquellas no-tan-lejanas fechas, el europeo sintió por primera vez
la urgencia de calibrar todo, inclusive el tiempo.
Hasta entonces, el tiempo diurno se calculaba según el Sol y se dividía vagamente en tres
períodos, a los que sólo los ingenuos o los malvados se
atreverían a llamar horas
. Siglos después, el día solar comenzó a ser dividido en las siete horas
que llaman canónicas porque se usaban —y todavía se usan— en
los monasterios. Estas proto-horas se llamaron: maitines,
prima, tercia, sexta, nona —de donde procede el noon
/medio-día inglés—, vísperas y completas. Obviamente, no eran
entidades nítidas sino formas aproximadas de ritmar la acti-
vidad humana. En tal caso, ¿quién decidía cuándo terminaba
una hora y comenzaba la siguiente?: el toque de campana,
cloche en francés y Glock en alemán –de ahí que ‘reloj’ se diga clock
en inglés—.
En la China del siglo X ya se fabricaban relojes mecánicos de
cierta precisión pero, en Europa, ese mismo tipo de reloj sólo se
conoció dos siglos después y nadie podría asegurar que los
europeos no copiaron el modelo chino. Sea como fuere, en prin-
cipio se inventó para compensarla arbitrariedad o el descuido de
los campaneros europeos y ello ocurrió en la divisoria entre los
siglos XII y XIII, más o menos simultáneamente a la invención
de los anteojos. Sin embargo, aquellos primeros relojes se
fabricaban en el alto hemisferio Norte, allá donde las respectivas
duraciones del día y de la noche varían considerablemente según
las cuatro estaciones. Por lo tanto, el reloj debió solventar un
problema cultural grave: la elasticidad de las horas antiguas que
eran largas en verano y cortas en invierno. Había que fijar con
nitidez la duración de las horas, lo cual suponía un ataque grave
a la cultura medieval. El enfrentamiento entre los cronólogos
‘elásticos’ y los ‘rígidos’ debió ser fuerte puesto que Europa
se demoró todo el siglo XIII para sustituir en los primeros relojes
las horas desiguales por horas iguales.
La geografía

Un 40 % de la superficie del hemisferio septentrional es tierra
emergida; por esta razón se le llama el hemisferio continental.
En agudo contraste, el hemisferio meridional sólo cuenta con
un 20% de tierra así que suele conocerse como el hemisferio
marítimo. Dejando aparte estos datos elementales, existen otras
diferencias menos conocidas entre una y otra mitad del globo
terráqueo:
En el hemisferio norte, las corrientes marinas y los vientos
se desvían hacia la derecha; y en el hemisferio sur hacia la
izquierda. Esta fuerza, es denominada en la actualidad
fuerza de Coriolis cuya definición es: en mecánica, fuerza ficticia
que parece actuar sobre un cuerpo cuando se observa éste
desde un sistema de referencia en rotación. Así, un objeto que
se mueve sobre la Tierra a velocidad constante con una
componente de dirección Norte-Sur se ve desviado en relación
con la Tierra que gira. En el hemisferio norte se desvía en el
sentido de las agujas del reloj, y en el hemisferio sur en el
sentido opuesto. El efecto se llama así en honor al físico
francés Gustave-Gaspard de Coriolis, que fue el primero en
analizar el fenómeno matemáticamente. La fuerza de Coriolis
tiene una importancia considerable por su influencia sobre
los vientos, las corrientes oceánicas o las trayectorias de
vuelo de misiles y cohetes.
(Anónimo en cualquier
enciclopedia)
Ahora bien, ¿aquella disparidad entre masas terráqueas y
masas marítimas y el efecto Coriolis son motivos suficientes
para que las manecillas de los relojes meridionales vayan de
izquierda a derecha? Los mecanismos de estos relojes, sus
poleas, ruedas dentadas, pesas, contrapesos y escapes, ¿se ven
gravemente alterados por estar en el hemisferio sur? Como pudo
comprobarse desde que se introdujeron los relojes traídos
de Europa, evidentemente no.
Otros relojes y otros tiempos
¿Cómo se medía el tiempo antes de que llegara el reloj
mecánico? Pues de mil maneras,por ejemplo utilizando el
reloj de sol o sirviéndose de lapsos de duración estanda-
rizada. De hecho, todavía en el siglo XIV
se recetaba que un huevo debía cocerse no en equis
minutos sino en “lo que tarda en rezarse un miserere”.
¿Cuándo empezó a ser muy importante la medida del
tiempo?: desde que, con la llegada del préstamo con
intereses, el tiempo pasó a tener precio, lo cual supuso una suerte
de contrarrevolución que finalmente venció sobre las resisten-
cias de aquellos puritanos que la veían como algo sacrílego
argumentando que el dinero podría ser humano pero, decidi-
damente, el tiempo era divino.
Por tanto, en el Occidente medieval los primeros relojes
mecánicos se difundieron mientras sus habitantes estaban
enfrascados en unas tensiones religiosas que hoy han desapa-
recido intencionadamente de una historiografía que da por su-
puesta la absoluta cristianización del Viejo Mundo cuando la rea-
lidad era muy distinta, pues fueron siglos de lucha de unas
élites cristianas —urbanas y financieras— contra unos
pueblos que conservaban sus creencias paganas
. Visto desde esa perspectiva, el reloj puede
considerarse como un instrumento utilizado en el proceso
intra-occidental de evangelización y de su correlato, la
mercantilización.
En cuanto a la forma de aquellos relojes, subrayemos
que no tenían manecillas sino campanillas y que no eran
circulares; es más, los primeros relojes japoneses eran verti-
cales. Visto que el acta de nacimiento del reloj actual tiene
sus sombras y que su forma ha variado ostentosamente, ¿para
qué empeñarse en conceder demasiada importancia a que,
en algún lugar de Bolivia, haya pasado de ir hacia la izquierda –
dextrógiro- a encaminarse hacia la derecha –levógiro-? Más aún,
si la mayoría —salvo algunos futbolistas— de la población
boliviana no es zurda y si la mayoría de los relojes públicos
y privados tienden a ser chinos y digitales, ¿qué sentido tiene
ese decreto gubernamental?
El arbitrismo
A mi juicio, tiene el sentido de demostrar que el gobierno
boliviano padece ansias de arbitrismo si por arbitrismo
entendemos, no aquella escuela económica
que floreció en Francia y en la España de los
siglos XVI-XVIII, sino la propensión de algunos sedicentes
revolucionarios a arbitrar medidas rompedoras que, a menudo,
se quedan en extravagantes.
El arbitrismo político tiene su origen en un afán de originalidad
tan desmedido que llega al adanismo ignorando así que
Adán no fue el primer hombre y que ser original es imposible
después de millones de años de permanencia del Hombre en la
Tierra. Pese a ello, los ejemplos son innumerables: desde aquel
faraón Ajnatónque que hizo monoteístas a sus súbditos,
pasando por Calígula —Zapatitos— quien nombró
Cónsul a su caballo, hasta los sans-culottes
de la Revolución Francesa que llegaron a cambiar
los nombres de los meses:
Se asignaron tres meses a cada estación; los meses de
otoño se llamaron Vendimiario (mes de la vendimia),
Brumario (mes de la niebla) y Frimario (mes del hielo); los meses de
invierno, Nivoso (mes de la nieve),
Pluvioso (mes de la lluvia) y Ventoso
(mes del viento); los meses de primavera,
Germinal (mes de las semillas),
Floreal (mes de las flores) y
Pradial (mes de los prados), y los meses de
verano, Mesidor (mes de la
cosecha), Termidor
(mes del calor) y
Fructidor (mes de los frutos).
Este calendario revolucionario sólo duró ocho años. El gobier-
no boliviano, ¿convencerá a la fábrica del mundo para que
produzca millones de relojes levógiros?; y, si los chinos le
hicieran caso, ¿botarán los bolivianos sus viejos relojes
contrarrevolucionarios? Y, si no le hacen caso, ¿se escindirá el
pueblo entre los que llevan una clase de reloj y los que no le
llevan? No tentemos la suerte...
Conclusión
Lo peor de las medidas extravagantes es que siempre son
elitistas. Por ello, suelen durar poco: los egipcios siguieron
siendo politeístas, ningún otro caballo romano consiguió ser
Cónsul y los meses siguen llamándose como antes del guilloti-
namiento del rey francés. No creo que los relojes levógiros
vayan a ser la excepción.
Según se sea opresor u oprimido, la Política es vista como el
arte de acrecentar o de disminuir ese absolutismo que es la
expresión más desagradable de la sinrazón. Y es que los opre-
sores predican la irracionalidad mientras que los-de-abajo,
luchan por implantar la Razón.
El reloj levógiro sería en algunos aspectos más racional que el
dextrógiro pero se trataría de una racionalidad técnica de nulo
impacto popular. Además, las medidas parciales no frenan la
irracionalidad sino que se convierten en extravagancias difí-
ciles de admitir por la ciudadanía que suele responderlas con
bromas y sarcasmos.
Por todo ello, el Poder revolucionario no debe hacer gestos
gratuitos ni abandonarse a travesuras arbitristas: eso es mal-
gastarlo. En cuanto a la tradición austral que, supues-
tamente ampara la inversión relojera,es obvio que ni se ha
destruido ni tampoco inventado porque el reloj mecánico no es
amerindio —por ende, no hay nada que destruir— y porque,
en último extremo, la auténtica tradición popular no se inventa
desde ningún Poder sino, justamente, contra Él. Por su
parte, todo Poder revolucionarioiene como meta la Eutopía —el
mejor lugar— pero sabe que ésta no se construye con arbi-
trismos sino, poco a poco, con el modesto sentido común.
En definitiva, si el gobierno boliviano quiere que el reloj sea
un espejo de su revolución, humildemente propongo que
escoja los relojes de arena.

Aquellos artilugios sí estaban en perpetua inversión de valores
puesto que había que darles la vuelta cuando toda la arena se
había acumulado en uno de sus vasos. Sin embargo, no recuerdo
que la clepsidra haya sido nunca utilizada como símbolo revolucio-
nario, quizá porque, cuando toda la arena estaba en el vaso
inferior, había que devolverla al vaso superior. Es decir, la hora
de los-de-abajo —sinónima de tiempo revolucionario—, era
sucedida inexorablemente por la hora de los-de-arriba —sinó-
nimo de contrarrevolución—.
NOTAS
1
He tomado esta cita de Crosby: 37
pero este autor ha debido utilizar una
versión anglosajona de la Biblia,
protestante o católica. Pero, el mismo
versículo de una popularísima edición
en castellano (la católica de Nacar-
Colunga, 1973), no especifica número
de horas. Lo más aproximado que
podemos encontrar a semejante
cálculo es en un párrafo anterior
donde Jesús dice: “Es preciso que yo
haga las obras del que me envió
mientras es de día; venida la noche,
ya nadie puede trabajar” (San Juan
9, 4).
2
Según Alfred W. Crosby, ver:
La medida de la realidad. La
cuantificación y la sociedad occidental,
1250-1600
; 1ª edición en inglés:
1997; 1ª edición en castellano:
Barcelona, 1998.
3
Los arbitristas —arcigogolantes
les llamó Quevedo— se caracterizaron
por proponer medidas drásticas
(arbitrios) para salvar la Real Hacien-
da y, si se terciaba, de paso al país
entero. Por ejemplo, Luis Ortiz pro-
puso controlar las remesas de oro y
plata que llegaban de América,
restringir la expansión monetaria y
desincentivar el consumo; Sancho
Moncada denunció que la invasión de
productos extranjeros había conver-
tido al Reino en una colonia de poten-
cias enemigas; y Pedro Fernández de
Navarrete adujo que la sobreabun-
dancia del oro de las Yndias era
perniciosa si no existían bienes para
ser adquiridos. Medidas que hoy nos
parecen sumamente racionales pero
que chocaron con la inercia colonia-
lista y la corrupción del régimen
monárquico.

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