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Populismo: una década perdida

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EL ECONOMISTA

Populismo

CREDITO: 

José Manuel Suárez Mier*

El gran economista chileno Sebastián Edwards, profesor en UCLA, acaba
de publicar un libro titulado Left Behind: Latin America and the False
Promise of Populism, (que yo traduciría como “Rezagada: Latinoamérica y
la falsa promesa del populismo”) donde hace un recuento de los fracasos
de esta filosofía política en la región.
Tratando de definir “populismo”, el autor cita a historiadores y
estudiosos en la materia aludiendo a “movimientos políticos encabezados
por individuos con personalidad fuerte y carismática, cuyo atractivo
para la masas nace de una retórica encendida centrada en las causas de
la desigualdad y sus soluciones”.
Lo que resulta descorazonador es que Edwards regrese ahora al tema
del populismo en el área después del texto clásico que él y Rudi
Dornbush publicaron hace dos décadas definiendo las políticas económicas
típicas de los regímenes populistas, lo que indica que este atavismo
político sigue vivo y avanza en América Latina.
De hecho, el autor califica al fenómeno que actualmente se ha
apoderado de varios países latinoamericanos como “neopopulismo”, pues
considera que hay diferencias importantes entre su expresión
contemporánea y el populismo clásico que barrió destructivamente a
nuestros países en los años 70 y 80.
Edwards apunta que los neopopulistas, que incluyen al matrimonio
Kirchner en Argentina, a Hugo Chávez en Venezuela, a Evo Morales en
Bolivia, a Rafael Correa en Ecuador, a Daniel Ortega en Nicaragua y a
Fernando Lugo en Paraguay no han seguido políticas fiscales, monetarias y
salariales seriamente irresponsables.
Ello se puede deber a que los países con los neopopulistas enumerados
como líderes han tenido suerte, pues los precios de sus principales
exportaciones se han mantenido notablemente altos, a pesar de lo cual
hay crecientes indicios de que en Argentina y Venezuela se están
aplicando ya las políticas populistas proverbiales.
La segunda diferencia que indica Edwards entre los neopopulistas y
sus antecesores es que ahora han sido democráticamente electos, aunque
una vez en el poder varios de ellos se han dedicado a cambiar las leyes
vigentes para eternizarse en él, como lo ha venido haciendo Hugo Chávez
desde hace 12 años.
La tercera diferencia que apunta el autor entre los nuevos y los
viejos populistas es que ambos, siendo ferozmente nacionalistas, tienen
actitudes hostiles diferentes: mientras los anteriores denunciaban la
apertura comercial y la inversión extranjera, los nuevos atacan la
globalización, en general, sobre todo en sus aspectos culturales.
Edwards anota que si bien los neopopulistas no han recurrido de lleno
al uso irresponsable de las políticas fiscal y monetaria, han aumentado
la intervención estatal en la economía, expropiado empresas, controlado
precios clave y adoptado controles de cambios, todo lo cual genera
distorsiones graves y atrasa el crecimiento.
Enfatiza también que la mala distribución de la riqueza en la región,
que los neopopulistas atribuyen a la aplicación de las políticas
“neoliberales” del Consenso de Washington, tiene causas ancestrales y
que la evidencia estadística muestra que la más grave desigualdad se dio
a finales de los años 80, antes de su adopción.
La otra falsedad que Edwards aclara es que la globalización no
aumentó la pobreza y la desigualdad, como acusan los neopopulistas. Las
estadísticas no permiten sustentar tales afirmaciones y el autor
registra cuidadosamente los ocho principales efectos positivos que se
derivan de la integración de los países al mundo.
Ciertamente los políticos populistas surgen también en otras regiones
del orbe, pero en ninguna parte como en Latinoamérica han tenido tanto
éxito en apoderarse del poder y en imponer sus políticas, lo que el
autor atribuye a la deficiente calidad de sus instituciones políticas,
susceptibles de ser sojuzgadas por el líder carismático.
No es de extrañar que Chile aparezca en este análisis como el país
con las más sólidas instituciones, al tener un sistema que incorpora la
efectiva fragmentación del poder en distintas instancias de gobierno que
operan como contrapesos entre sí y que al mismo tiempo tenga las
mejores políticas públicas.
Los países que han tomado la brecha del neopopulismo van exactamente
en la dirección opuesta a la de Chile, reescribiendo sus leyes
fundamentales para que todo el poder revuelva alrededor del líder
iluminado y recurriendo con largueza al voto directo de las masas para
acelerar la adopción de sus agendas sociales y políticas.
Ya habrá ocasión de seguir extrayendo enseñanzas del magnífico texto
de Sebastián Edwards, que no tiene desperdicio, y discutir por qué los
populistas no florecen con vigor comparable fuera de Latinoamérica.
Si bien los neopopulistas no han recurrido de
lleno al uso irresponsable de las políticas fiscal y monetaria, han
aumentado la intervención estatal en la economía, expropiado empresas y
controlado precios clave.

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