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País no apto para cardiacos

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Hay una embajadora que está muy afligida en La Paz porque no logra entender a los bolivianos, a pesar de que ella también habla castellano.

La embajadora había enviado a su país un informe en que anticipaba que en diciembre iba a estallar la guerra civil en Bolivia. Seguramente se guió por las fechas de aprobación de la Constitución y las amenazas de las regiones opositoras.

Pero en diciembre no pasó nada, aparte del espectáculo en que los asambleístas del MAS aprobaron más de 400 artículos levantando la mano sólo al escuchar el número de cada uno de ellos.

Es probable que la embajadora haya cometido aquel error guiada también por el hecho de que en noviembre los periodistas de Sucre decidieron asistir a un apresurado curso de corresponsales de guerra. Eran los días en que La Paz y Sucre se estaban mostrando los dientes y el curso cumplió el propósito de elevar la tensión.

No está sola la embajadora en esto de alarmarse por la situación de Bolivia y creer que, de veras, los bolivianos o se van a trenzar en una guerra o se van a dividir.

Cuando estaba fracasando el diálogo de enero, y todo hacía prever que estallara lo que hace tanto tiempo se viene incubando en Bolivia, otro extranjero perdió los nervios. Marco Aurelio García, asesor del presidente brasileño Lula da Silva, decidió insultar a la oposición boliviana llamándola parásita.

Los bolivianos, de ambos frentes, se extrañaron con semejante improperio. La oposición llegó a pedir al canciller Choquehuanca que haga alguna representación diplomática, escrita o no, y en cualquier idioma.

El brasileño había perdido la compostura justamente en los días en que los bolivianos acababan de ingresar al carnaval, lo único serio que hay en Bolivia. Ninguno de los frentes se insultó por esos días y el único adjetivo llegó desde Brasil, de un amigo del Gobierno que se había hecho ganar por los nervios.

Hace pocos días, el vicepresidente García Linera fue a Brasil y en lugar de agradecer el gesto amistoso del asesor García hacia el Gobierno, pidió a Lula y a Petrobras que reduzcan sus compras de gas. Es decir que les pidió que, como gesto de amistad, no solamente insulten a los bolivianos de oposición, sino que acepten ceder parte de su cuota de gas natural, nada menos que a los argentinos. Era mucho pedir.

La realidad boliviana se ha convertido en una guerra, es cierto, pero una guerra de nervios para los extranjeros. Es un país al que los vecinos tienen que soportar, cada vez con más esfuerzo.

Por momentos quisieran ponernos un bozal. O por lo menos silenciar los ruidos que produce Bolivia con tanta frecuencia. Quisieran cerrar sus ventanas, y ponerles vidrio doble, para no escuchar los gritos.

Hay expertos extranjeros, incluso de nivel académico, que han hecho anuncios casi tan puntuales como el de la embajadora sobre la guerra civil o la división de Bolivia. Y siguen esperando.

Ahora la fecha que pone nerviosos a los extranjeros es el 4 de mayo, cuando debe realizarse el referéndum cruceño por el estatuto autonómico. Ha comenzado la guerra de nervios, con el Presidente llamando a las armas, pero todos sabemos que dentro de unas semanas, o unas horas antes del 4 de mayo, alguna solución ha de surgir.

Bolivia no es para cardiacos.

*Humberto Vacaflor G.
es periodista

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