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Nadie confía en Bolivia

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Recuerdos del presente

 

Un Estado nada fiable

 

Humberto Vacaflor

 

Como es ampliamente conocido, el Estado boliviano tiene muy mala fama. La semana pasada una empresa de un pobre estado de Brasil, Mato Grosso, quería que alguien garantice la palabra del gobierno boliviano sobre una operación de compra de gas natural.

Los ejecutivos de la termoeléctrica de Cuiabá dijeron que no se trataba de ofender a Bolivia, pero aspiran a que con este nuevo acuerdo no ocurra lo mismo que con el anterior, que quedó interrumpido por falta de gas boliviano. Hay, además, algunos detalles referidos al precio que están frenando el acuerdo.

El gobierno argentino tiene una actitud parecida ante los ofrecimientos de gas boliviano, que está disponible desde que Brasil, al comenzar este año, decidió bajar el volumen de sus compras.

Por el momento, Argentina acepta recibir mayores volúmenes de gas porque así puede atender una demanda de Chile y Uruguay que se ha hecho flexible, pues se acomoda a los volúmenes que estén disponibles. El 15 de enero, Argentina compró 3,4 millones de m3 de gas boliviano y exportó a sus dos vecinos 5,05 millones.

La fama de Bolivia no alienta a los vecinos a hacerse muchas ilusiones. Brasileños y argentinos saben que el gas boliviano es tan inestable como la política boliviana, y han optado por tomarlo como un recurso eventual, que podría fallar en cualquier momento. Las previsiones que han tomado esos países comprenden el aumento de la producción interna e infraestructura para comprar gas natural licuado de ultramar.

Parece que es un error hacer acuerdos con el Estado boliviano. En Bolivia, los serios son otros.

Por ejemplo, lo que jamás falla para los argentinos es la provisión de coca boliviana. Cinco mil toneladas de hoja llegan todos los años a los consumidores argentinos, sin fallar. Llueva, truene o relampaguee, la coca llega a Argentina. Esté o no la DEA en Bolivia, sea el presidente de Bolivia un neoliberal o un cocalero, haya o no una Aduana Nacional dirigida por un general de la República o por un pariente del presidente de turno (o su mujer), se derrumben o no la carreteras bolivianas, los consumidores argentinos tienen garantizada su provisión de coca.

Estos proveedores bolivianos cuidan incluso la calidad del producto. Nunca llevan coca del Chapare a Argentina porque saben que es de mala calidad. Lo que les obliga a exportar solamente coca de Yungas, que es, casualmente, la única coca legal de Bolivia. Saben que los paladares de los consumidores argentinos no aceptarían una coca de segunda. De esa manera, estos exportadores están al margen del circuito coca-cocaína, y de las mafias que se están adueñando de la política y la economía de la región. Lo único que tiene de ilegal esta operación es que no paga aranceles de exportación.

Exportadores bolivianos de otros productos garantizan sus ventas haciendo cualquier esfuerzo: comprando ministros para que autoricen el paso de camiones cargados de mercadería, ministros o comandantes de unidades militares fronterizas. Es el milagro de la empresa privada informal boliviana.

Quizá convenga a Bolivia aceptar la realidad y entregar el manejo de la economía a los informales. Al fin y al cabo son los que generan 65% del empleo en el país.

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