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A la muerte de Líber Forti, mi maestro

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Líber

 

Este es un artículo que no hubiera querido escribir nunca.

Líber ha muerto.

Y será registrado con el nombre que su papá anarquista le puso cuando entraba con toda su familia a Tupiza hace 90 años, huyendo de Argentina. Germinal Líber Fortti Carrizo. Lo único verdadero era el apellido de la madre.

“Es un nombre inventado, claro, como todos los nombres. ¿O creen que el de ustedes no fue inventado en algún momento?”, les dijo hace poco a unas jóvenes argentinas que lo visitaron en Cochabamba.

Gisela Derpic, que está escribiendo la más completa biografía de Líber, ha revisado cartas que él escribió a sus muchos amigos a lo largo de sus 96 años de vida y ha encontrado una constante: desde dondequiera que estuviera, él sólo hablaba de la gente que había conocido o reencontrado; jamás, nunca, una alusión a los paisajes, a las ciudades y ni siquiera referencias a la política del lugar: sólo gente.

Quizá una excepción haya sido la foto que me envió desde Nueva York en 1964, en que aparecía junto al globo terráqueo de la Exposición Universal, adonde llegó con el amor de su vida, Ana Santiago, para visitar a su hermano Sílex.

Podía haberse llamado Funes el memorioso, con el permiso de Borges. No olvidaba a nadie. A mí, por ejemplo, me reconoció un día de febrero de 1949 cuando yo iba a mi primer día de escuela y pasaba por la calle de la librería Renacimiento. Una cola de niños con los lápices en la mano, esperando que el joven tan amable les saque punta en la maquinita empotrada en el mostrador. Lo hacía con todo gusto y preguntaba los nombres. A mí me reconoció porque había sido compañero de escuela de mi papá, de la escuela “7 de noviembre”. Me reconoció y me adoptó para toda la vida.

Después me enteraría de que el joven de la librería había vuelto de un muy largo viaje por el mundo, haciendo de linyera, viviendo de un profesión de linotipista. Había estado en Argentina, donde aprendió los primeros pasos en teatro, lo que sería la pasión de su vida, en Venezuela, Ecuador, México, Europa pero sobre todo España. Hablaba de la guerra civil española con pasión y con amargura. Muchos años después me contaría del comportamiento del cónsul de Chile en Francia, un tal Pablo Neruda, que sólo daba visas para escapar del franquismo a los españoles del partido comunista y se las negaba a los anarquistas.

Casi diez años después de aquel mi primer día de clases me llamó para una prueba de voz para la radio Chorolque, del conjunto teatral Nuevos Horizontes. Mi voz, recién cambiada, era apta para encarnar un personaje que decidió crear. O quizá le inspiró para crearlo: Simplicio, un hombre que no entiende, y que no entendía nada de los contrasentidos de la política boliviana, ya entonces. Yo leía los libretos todos los sábados, hasta que la radio debió cerrar porque un sindicato controlado por comunistas amenazó con incendiarla. Ahí entendí lo de Neruda.

No recuerdo cuántas veces lo acompañé a salir del país, hasta la frontera. Ni cuántas veces lo encontré de nuevo en Desaguadero, Villazón, La Paz, Buenos Aires, Barcelona, Logroño, París o Londres. Y en Tupiza, por supuesto.

Era el apóstol de la modestia. Alguna vez tuve que salir con él, deprisa, del teatro Suipacha de Tupiza porque a alguien se le había ocurrido hacerle un homenaje. Sentía aversión por los homenajes, sobre todo si eran para él. Un día, una revista de la Unesco publicó un artículo de Arturo Boal en que mencionaba uno de los aportes de Líber al teatro universal: en un teatro lleno de trabajadores mineros hizo que se apaguen las luces y los personajes sean seguidos sólo con la iluminación de los mecheros de los cascos de los mineros. Se molestó y pidió que se haga una aclaración. Dijo que no había sido su idea, sino que se apagó la luz en el teatro de la mina Chorolque y los mineros decidieron, para seguir viendo la obra, iluminar el escenario con los mecheros, algunos a carburo, de sus cascos. ¡El público a cargo de la iluminación del escenario! Genial, pero Líber aseguraba que no fue su idea. Yo lo dudo.

Su obsesión eran las proporciones armónicas. La relación 1.2.3.5.8.13.21, etcétera, de Fibonacci, hecha famosa en la novela “Código Da Vinci”, era algo de lo que Líber hablaba desde que lo recuerdo. No perdonaba los logotipos de los diarios que fueran con letras verticales. La tipografía vertical es estática. Un crimen. Lo cursivo, lo itálico, muestra el movimiento, como toda línea diagonal. Esa idea, llevada al teatro, le hizo proponer que un actor no debía nunca estar de frente o de perfil, sino siempre de tres cuartos, haciendo triangulaciones. Un cuadro que sea simétrico es aburrido porque una mitad es idéntica a la otra. No necesitas mirar las dos mitades porque la una es la repetición de la otra. Si ves la última cena de Da Vinci compruebas que buscaba la asimetría.

Ha escrito el más grande y más completo texto para instructores de teatro que se conozca. Y ha recopilado todo lo que pudo encontrar en su larga vida acerca del juego y su importancia para la niñez y para todas las edades. La educación por el arte siempre fue su obsesión. Ninguno de estos trabajos los quiso imprimir para que sean vendidos, porque la palabra comercio le repugnaba.

Fue asesor cultural de la Federación de Mineros porque se lo pidieron los mineros en las salas de teatro por donde pasaba Nuevos Horizontes. Alguna vez lo ayudé a escribir y repartir el semanario “Fedmineros”.

Rosaria, mi mujer, dice que Líber siempre fue un seductor de jóvenes. Cuando estaba presente, los jóvenes querían escucharlo. Porque él hablaba, eh, y mucho. Su conversación era como una enredadera, llena de salidas hacia detalles o anécdotas, y siempre volvía al cauce. Alguna vez me dijo, mientras me contaba cosas de su muy larga vida: “¿Vos sabes, no, que cuando yo hablo estoy practicando mnemotecnia?” “Lo sospeché, querido, lo sospeché hace mucho tiempo”, le dije.

Hay dos palabras que lo definen. Ternura y solidaridad. Un día, cuando yo llegaba a Madrid en tren, le pidió a mi amigo Juan Carlos Salazar que vaya a esperarme en Atocha. Yo había vivido en Roma, en Buenos Aires, en México, en Londres y me las hubiera podido arreglar en Madrid, pero él quería que “el Gato” me fuera a esperar en Atocha. Lo hizo, a pesar de que era exactamente el horario de la final del mundial de fútbol de 2006. Mi amigo se perdió el triunfo de Italia porque Líber se lo pedía desde Barcelona.

De política, sólo hablaba como anarquista. De partidos, ni hablar. Practicaba “su” anarquismo, como el español Rafael Barret, el anarquista al que más admiraba, o como León Felipe, el poeta, también español, que fue su amigo. Pero ninguno como Lucio Urtibia, el anarquista que falsificó los Travellers Chek para ayudar a la gente pobre, y que se hizo “indemnizar” por el banco al que entregó las planchas de impresión.  Un Robin Hood anarquista, muy amigo de Líber. Los especuladores del anarquismo, como Noam Chomsky, no le gustaban.

Últimamente amigos próximos al gobierno boliviano le pedían que dijera algo sobre el presidente, quien sabe con la intención de difundirlo. Se lo pidieron tanto que él accedió: “Díganle que en ninguna parte de la constitución, en ninguna ley, dice que él está obligado a hacer reír a la gente todos los días diciendo estupideces”.

No podría parar en este recuento. Mi vida está llena de sus recuerdos. Hasta siempre, compañero de la vida.

Humberto Vacaflor Ganam

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Comentarios A la muerte de Líber Forti, mi maestro

Humberto, me gustan mucho sus análisis, son profundos, reales y profesionales; cómo va cambiando la vida en nuestro pobre país, podía haber sido muy diferente, pero hay que impulsar a los jóvenes a tomar el liderazgo acompañados de gente como usted y nosotros... Platón. dijo hace mucho tiempo...si las clases intelectuales no participan en política, entonces que no se quejen cuando sean gobernados por imbéciles..... gracias , un abrazo.
Germán Hugo Durán Salgueiro Germán Hugo Durán Salgueiro 06/06/2017 a las 23:47

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