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Mentiras de la economía boliviana

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EL PROFE DE PEPITO

 

Una reciente nota en Página Siete (Pablo Cachaga, “Devaluación, deflación, crisis económica y Pepito”, 21/05/2015) me ha dejado confundido sobre el mensaje de fondo: ¿comparte el autor la idea que el comportamiento y las tendencias mundiales de la economía no afectarán a Bolivia o, por el contrario, se mofa de los argumentos que soportan ese punto de vista?

La nota emplea la metáfora de una clase magistral de economía en la que “uno de los profesores más antiguos de la academia daba clases magistrales sobre devaluación, deflación y crisis económica”. Un alumno pregunta si Bolivia debería devaluar siguiendo a los vecinos, y el “profe” responde que no porque, primero, cuando se lo hizo (1986-2005) no se observó indicios de mejora en las condiciones económicas del país; segundo, porque los saldos en caja y bancos junto a las reservas internacionales son un colchón económico para hacer frente a los shocks internacionales; y, tercero, porque devaluar incrementaría el uso de dólares en la economía.

Respecto a cómo esto afecta, el profe dice que bolivianizar la economía brinda un mayor margen de maniobra al Banco Central para controlar la inflación e impulsar la economía. Finalmente, descarta una posible deflación y explica que la caída del IPC en el primer trimestre se debió a que el Banco Central retiró del mercado 4 mil millones de Bolivianos.

No soy economista, pero si la metáfora refleja efectivamente qué (y cómo) se enseña en las universidades, entendería por qué el crecimiento es el Santo Grial de los economistas y por qué la economía no responde a lo que la gente espera de ella: el único criterio de “salud y bienestar” de la economía es su crecimiento, sin importar que pasa con la gente.

Vamos por partes. Argumentar que “la devaluación no es la solución porque no funcionó en el pasado” podría llevar, con la misma racionalidad, a cuestionar todas las otras políticas que se aplican y que, matices más o matices menos, las hemos experimentado en algún momento de los últimos 70 años sin haber logrado niveles sostenidos de crecimiento “endógeno” real.

Pero, además, me llevó a preguntar para qué no habría funcionado la devaluación. Me di la molestia de ver los datos del INE y encontré que, en 1986, las exportaciones no tradicionales (con valor agregado) eran el 18% del total, mientras que en 2000 superaron el 55%; es decir, durante la devaluación controlada hubo un crecimiento de los sectores generadores de valor agregado y de empleo respecto a los tradicionales, extractivo-rentistas. Más aún, en 1990; trabajadores y empleados recibieron el 34% del PIB como remuneración, en 2000 subió al 36%, pero en 2010 la tajada cae a sólo el 26%.

Si la gente espera que la economía le ofrezca empleo con remuneración justa, parecería que, irónicamente, la economía de los años 90 habría tenido un mejor desempeño. No afirmo que esos resultados son consecuencia de devaluar; pero ciertamente es un simplismo muy poco académico sostener, sin más detalle, que la devaluación no funcionó en el pasado.

En la misma línea de razonamiento, la receta monetarista neoliberal que defiende el profe (one target, one policy que se traduce en una meta -inflación baja-, una política –la monetaria), ya ha sido repudiada incluso por el FMI desde 2010; la baja inflación y el uso instrumental de la liquidez monetaria han acentuado la desigualdad, y los comportamientos especulativos y rentistas. En nuestro caso, mantener baja la inflación abasteciendo (legal o ilegalmente) el mercado interno gracias al dólar barato, ha sido lapidario para la creación de empleo con diversificación productiva, como empiezan a reconocer incluso los empresarios que tanto se beneficiaron durante el auge de los precios.

En estas condiciones, inyectar liquidez o invertir las reservas internacionales y los saldos en caja y bancos no son suficientes para dinamizar la economía productiva y, menos aún, podrían determinar un crecimiento que se traduzca en el desarrollo humano, productivo y sostenible, al que la gente aspira para poder vivir bien.

En síntesis, a pesar de la debilidad de los argumentos, el profe se atrinchera en su concepción neoliberal y espera que la realidad se ajuste a ella. Se me ocurrió que quizás, en un arranque de honestidad intelectual, el profe podía haber puesto a prueba los modelos que el neoliberalismo ha impuesto al pensamiento económico haciendo un simple ejercicio: correr un modelo estocástico de equilibrio dinámico reemplazando el “agente representativo” —totalmente racional, que tiene toda la información, y que busca maximizar sus utilidades—, por una persona que tiene un ingreso inferior a la canasta básica, se mueve en un mercado opaco y fuertemente manipulado, no tiene opciones de movilidad laboral, y está abrumado con ofertas de crédito barato para consumo. Así podrían surgir algunas recomendaciones de políticas algo más pertinentes para la realidad boliviana.

Pero, ah!, perdón. Recién me entero que el modelo no corre asumiendo esas condiciones porque no está diseñado para considerarlas ni siquiera como posibles. Parece nomás que seguiremos “fre” con los brillantes alumnos del antiguo profe. 

 J. Enrique Velazco Reckling, Ph.D.

 

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