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La mejor crítica a la ley de bancos

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Vacíos conceptuales en la propuesta de Ley de Bancos

Enrique Velazco R., Fundación INASET

 

 

Los medios de comunicación y las columnas de opinión reflejan las diversas posiciones y reacciones a la propuesta de Ley de Bancos elaborada por el Órgano Ejecutivo. Las posturas del Gobierno y de la banca se pueden resumir, por una parte, en el argumento de que la ley propuesta busca defender al consumidor financiero porque “los servicios financieros deben cumplir la función social de contribuir a lograr los objetivos de desarrollo integral para vivir bien, eliminar la pobreza y la exclusión social y económica de la población”; para la banca, pretender estos objetivos fijando tasas de interés o estableciendo “cuotas” sectoriales de financiamiento, es anacrónico y pone, además, en riesgo el ahorro de la sociedad.

 

Sería ocioso dudar que el sector financiero tiene impacto en el desempeño de la economía real, aunque es preciso establecer, de inicio, que el financiamiento está lejos de ser el factor que determina el crecimiento económico y el desarrollo productivo. Puede prestar servicios necesarios en una economía sostenible pero, al otro extremo, las finanzas especulativas la pueden destruir, como mostró la crisis financiera mundial.

 

Al prestar sus servicios, los bancos asumen diversos grados de riesgo; por ejemplo, al dar a una empresa financiamiento de largo plazo usando depósitos a corto plazo, asumen un riesgo de liquidez; o cuando extienden hipotecas a los hogares, asumen un riesgo de crédito. Pero asumir un riesgo no es, per se, una actividad productiva. Invertir en un activo riesgoso es normal en mercados de capital; comprar bonos públicos o de una empresa supone un riesgo al comprador, pero no aporta nada a la actividad económica propiamente dicha. O, si un hogar decide usar todo su dinero disponible para comprar una casa sin prestarse del banco, también asume un riesgo de liquidez.

 

Es decir, reacomodar el riesgo en la economía no cambia fundamentalmente ni su tamaño ni su estructura, razón por la que este tipo de actividades no se toman en cuenta como parte de las que contribuyen al nivel de actividad económica (PIB) o al bienestar de los hogares.

 

La actividad que si tiene efectos medibles en la economía, es la gestión de riesgos, es decir, la capacidad de evaluar los riesgos en función de los beneficios posibles y la asignación de los recursos buscando maximizar los beneficios para la sociedad. La gestión de riesgos fue el rol principal de la banca en el desarrollo capitalista. La actividad financiera impactó en el nivel global de la actividad económica hasta fines de los años 1970, porque los bancos seleccionaban a los prestatarios por sus proyectos y por su potencial para crear valor; y apoyaban a materializar esos potenciales mediante servicios financieros apropiados. Pagar por estos servicios era la justa remuneración por los beneficios reales que percibían los usuarios del sistema (y la economía toda).

 

Con el advenimiento del neoliberalismo en los años 1980, el sistema financiero se centró en maximizar las utilidades al amparo de políticas públicas que promovieron la profundización financiera y el endeudamiento de los hogares. La búsqueda de utilidades significó pasar de la gestión de riesgos a “tomar” riesgos: abandonaron la creación de valor a largo plazo por la rentabilidad a corto plazo, volcándose hacia las actividades de intermediación para el consumo, el comercio, o la especulación con un amplio abanico de productos y de servicios financieros divorciados cada vez más de la economía real. La desenfrenada búsqueda de rentabilidad, con muy poca consideración a los riesgos y a sus efectos sociales, derivó en la “financiarización” de la economía, que gestó la crisis financiera global.

 

Se reconoce hoy que la profundización financiera es la manifestación política de uno de los principios doctrinales del neoliberalismo: establecer la preeminencia del capital (sobre el trabajo humano) como factor de crecimiento. Más aún, al evaluar los resultados económicos y sociales de este período, estudios del propio FMI han llegado a la conclusión de que si una sociedad no resuelve los problemas de desigualdad, la profundización financiera tenderá a acentuarla; que la inversión, por si misma, no garantiza ni el crecimiento ni el empleo, y que el crecimiento tampoco asegura la reducción de la pobreza o de la exclusión.

 

Con estas consideraciones como marco de referencia, la propuesta de Ley de Bancos tiene al menos dos importantes vacíos. Primero, no establece cómo concibe el rol del capital y del financiamiento en la construcción del vivir bien, en eliminar la pobreza y la exclusión social y económica, de manera que no es posible identificar los criterios que permitirían medir los aportes del financiamiento a los objetivos sociales señalados; la experiencia mundial de los últimos 30 años es que la profundización financiera es incompatible con esos objetivos, y es evidente que el fijar tasas de interés o la estructura de las carteras, no son suficientes para revertir los efectos negativos observados.

 

Segundo, estrechamente vinculado a lo anterior, la Ley no define el Desarrollo Productivo con la precisión que necesitaría el sistema financiero para orientar sus políticas y servicios hacia ese propósito. No todas las actividades “productivas”, ni todos los servicios de apoyo a la producción, ni todos los tipos de empresas son igualmente relevantes para el desarrollo productivo, para el vivir bien, para generar empleo, para reducir la pobreza o para asegurar la inclusión social y económica. En general, en ausencia de cambios fundamentales en las políticas nacionales de desarrollo productivo,el actual sistema financiero, con o sin nueva Ley de Bancos, no contribuirá al objetivo de desarrollo integral: el acceso al financiamiento no es, de lejos, el principal obstáculo que enfrentan los emprendimientos productivos.

 

El tema de fondo –ausente del debate?, es que debemos primero definir la institucionalidad de la Economía Plural y crear condiciones para el desarrollo integral, para luego establecer cómo el sistema financiero aportará, de forma efectiva, al desarrollo productivo superando las “motivaciones” del neoliberalismo.

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