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La marcha llega a La Paz

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Recuerdos del presente Si fueran griegos Humberto Vacaflor Ganam Si los caminantes hubieran partido de Delfos y no del Beni, si hubieran atravesado el desfiladero de las Termópilas en lugar del cruce Yucumo, si el rey enemigo se llamara Darío, y si sus cronistas fueran Homero o Esquilo, en lugar de simples periodistas, esta marcha sería mitológica. Estos legendarios caminantes no son de Esparta, sino de las llanuras benianas, no han atravesado el mar Egeo, sino los ríos -por momentos mares- de la amazonía. No fueron atacados por hordas persas, sino por furiosos soldados de las mafias de la coca. No fueron asediados por encantadoras sirenas, sino por enviados del rey déspota y cínico. Sólo hablaron con una senadora que jamás podría ser tomada por una sirena. Estos caminantes no son griegos, sino bolivianos, aunque dignos de figurar en las mitologías. Pero no quieren homenajes ni reconocimientos: sólo quieren salvar la naturaleza. No buscan figurar en famosas obras literarias y menos en tragedias griegas. Sospechan que, al fin y al cabo, como lo dejó escrito para que lo escuchemos con nuestros ojos don Francisco Quevedo, los antiguos griegos sólo fueron “aduladores de sí mismos”. Nuestros caminantes no quieren que ningún cronista hijo de Zeus, como definen los griegos a Homero, relate sus hazañas. El estilo de ellos es el de Ghandi, el ejemplo supremo de la modestia. El que conducía a sus compatriotas a enfrentar, descalzos e indefensos, a los grupos de choque del imperio británico, un imperio que en otro momento, causalidad, traficaba con otra droga, el opio. Lección: los imperios que trafican con drogas son despiadados con quienes pretenden perjudicar el negocio. La marcha atravesó selvas de mentiras y de calumnias, de traiciones y perversidades. El rey déspota mandaba a detener la marcha con sus hordas y luego se burlaba de ella, diciendo que no era una marcha, porque no avanzaba. Todo el poder mediático del rey perverso fue puesto en juego para decirle al país que los caminantes querían frenar la explotación del gas natural del Aguaragüe. Una mentira que fue repetida muchas veces pero que, al contrario de lo que había dicho Goebbles, no se convirtió en verdad. Y luego el poder déspota mandó un ejército despiadado a atacar a los caminantes. Las crónicas, hechas con la tecnología del siglo XXI, denunciaron al mundo la brutal acción. Pero los caminantes se reagruparon y retomaron la marcha. No habían sido dispersados ni habían perdido las brújulas. Los caminantes saben que deben llegar al destino que se han propuesto. Ya ni siquiera esperan que el déspota los escuche. Saben que allí está la libertad. Ahora se acercan a Troya. Están dentro de un enorme caballo que se llama dignidad. No quieren dañar la ciudad, como hizo el griego Agamenón, porque saben que la ciudad los quiere. Saben que la han conquistado antes de llegar. Saben que el rey déspota y cínico se siente acorralado por unos caminantes descalzos, que vienen a poner en riesgo su poder absoluto. Homero hubiera escrito mucho mejor esta historia aunque con demasiadas adulaciones.
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Comentarios La marcha llega a La Paz

Estimado Humberto:

De parte mía y de mi esposa (su paisana tupiceña Patricia Jerez y amiga de su mamá, Sra. Elenita) reciba nuestra más cálida felicitación por sus escritos cargados de verdades y sabiduría del "Centro que SABE"...
 
Éste artículo es, sin duda, antológico y de colección. Así lo guardaremos.

Un gran abrazo!!!   .
 
Germán Indaburu Germán Indaburu 15/10/2011 a las 01:24
Humberto: Fue una fantasia haber compartido tu articulo. La fantasia de entremezclar las epocas aludiendo al presente de esta marcha nos lleva a preguntarse si aquella "corte  oficialista" que recibira (o no) a los marchistas entenderan lo que describiste.... ademas para qué entenderian si no internalizan lo que "sus ojos escuchan...." 
Saludos
Gonzalo Ossio Gonzalo Ossio 18/10/2011 a las 00:31

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