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De Jeffrey Sachs a Evo Morales

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Un país regalado

 

Humberto Vacaflor Ganam

 

Hacia fines de los años ochenta algunos economistas bolivianos estaban celosos por la presencia de Jeffrey Sachs, que estaba recibiendo todos los elogios por los éxitos del plan de ajuste estructural que aplicó el gobierno de Víctor Paz Estensoro. Recuerdo que uno de ellos decía a los amigos: es fácil tener éxito cuando te regalan un país para que hagas experimentos.

Es cierto: Sachs se hizo famoso en Bolivia y luego tuvo que ir a atender otros casos, algunos de ellos mucho más complejos, como los que se le presentaron en Europa oriental, con países que acababan de dejar lo que se llamaba socialismo también entonces. Sólo tuvo éxito en dos de esos países y luego levantó las manos cuando le propusieron hacerse cargo de Rusia. La mafia había llegado primero. Pero esa es también otra historia.

Parece que el destino de Bolivia es ser un país que de tiempo en tiempo es sometido a experimentos. Sachs aplicó aquí el ajuste estructural, apodado luego neoliberalismo, y ahora vienen otros alquimistas políticos que reclaman el derecho a hacer sus propios experimentos.

La idea de quienes tienen ahora a su cargo experimentar con Bolivia fue madurando poco a poco. Está llena de ilusiones pero sobre todo de traiciones, de torpezas, de contradicciones, aunque tiene un objetivo claro. Evo Morales está en otra cosa. Siempre dijo que su único propósito era lograr la despenalización de la hoja de coca. Si se miera bien, él no ha cambiado de idea, aunque quienes lo secundan se hayan hecho ilusiones mucho más complejas y dispares.

Estos segundones son los que creen que ha llegado la hora para experimentar con el país. Hasta hace poco hablaban de su proyecto con timidez en algunos documentos casi anónimos y muy mal escritos, como la ya muy difundida “Tesis de Sinahota”, pero ahora alguno de ellos ha decidido hablar claro. No vaya a ser que otros lo digan antes y terminen ganándose los elogios, como en su tiempo lo había hecho Sachs. El documento de Sinahota no es original: fue copiado de los escritos del subcomandante Marcos de México que, a su vez, los copió de una carta de Marx. Pero esa es otra historia.

Los desertores de este proyecto boliviano suelen describirlo con crudeza, pero sin remordimientos. Algunos de los integrantes del mejor equipo de comunicación que ha tenido gobierno alguno en Bolivia, retirados ya del ejercicio de ficción política que hicieron con tanta eficiencia, dichosos por la oportunidad que les dieron, como había estado Sachs, aceptan a veces describir en qué consiste el “modelo”, por llamarlo de alguna manera.

En varias columnas publicadas desde 2006 pregunté si este proceso consistía realmente en la destrucción del Estado boliviano. Alguno de mis artículos se llamó, justamente, “La demolición de Estado”.

A juzgar por lo que dicen ahora los que estuvieron en el manejo de la imagen del proyecto, mis sospechas estaban bien dirigidas. Se trata, en efecto, de destruir el Estado boliviano.

¿Cómo se destruye un país? Una idea de albañil sería que se debe comenzar por quitarle la argamasa: todo lo que une las diferentes piezas debe ser eliminado.

Por ejemplo, si el país está unido por una bandera, hay que crear un bandera rival, que confunda. Si el país se ha constituido en una república, hay que quitar ese nombre y cambiarlo por otro, mejor si es confuso. Si se estaba formando en el territorio una nación, hay que volver a la dispersión original. Y así sucesivamente. Para cada uno de estos objetivos se pueden encontrar justificativos.

Que los españoles nos colonizaron y luego, sus hijos nos organizaron en república, conservando el colonialismo, es una de las figuras más usadas. Por supuesto que no se debe permitir que nadie recuerde que los Incas habían hecho algo similar antes de los españoles y habían borrado más de 200 etnias, o tribus, con sus idiomas incluidos, para imponer su imperio.

La tarea de destrucción es muy ardua y debe terminar cuando no haya quedado piedra sobre piedra de lo que era Bolivia. La idea es –quizá no lo sepan- imitar a los griegos cuando destruyeron Troya o a los romanos cuando arrasaron Cartago.

No debe quedar piedra sobre piedra, es el propósito. Porque si quedara una piedra sobre otra estaríamos ante el núcleo de una estructura. Debe quedar todo a ras de tierra para que se pueda construir una nueva estructura.

Dados a la tarea de destruir Bolivia, estos nuevos Sachs hablan con algunos amigos que quisieran saber cuál es el plan. Algunos de esos curiosos llegaron a sospechar que ciertos pueblos originarios del altiplano sólo saben destruir. Es todo lo que están capacitados para hacer.

Pero el amigo insiste y pregunta, ¿cuál es el propósito verdadero de esta tarea de destrucción? ¿Qué sentido tiene dedicarse a destruir, sólo destruir?

Y aquí va la respuesta esclarecedora, expresada por uno de los actores que manejaron el proyecto: la idea es destruirlo todo para que nunca más, nunca nunca, nunca mismo, nunca siempre, las elites que gobernaron Bolivia puedan volver: jamás. Y si llegaran a volver, pues que se encuentren con que no ha quedado nada.

Esa secuencia de la palabra nunca, como sabe el lector, está en uno de los versos de Almafuerte, pseudodimo del argentino Pedro Bonifacio Palacios. En otro poema dejó este mensaje: “No te des por vencido, ni aún vencido,/ no te sientas esclavo, ni aun esclavo”. Habría que seguir esa consigna porque para quienes conducen el proyecto es imprescindible que los bolivianos se rindan.

 

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