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La hora de la vergüenza

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Recuerdos del presente

Ahora, la vergüenza

Humberto Vacaflor

El diario brasileño “O Estado de Sao Paulo” dijo el viernes que Bolivia puso en venta algo que no tiene: el gas natural. El titulo del artículo es más preciso: “El (inexistente) gas boliviano”.
Se critica a Lula por no haber tomado previsiones para enfrentar el incremento de la demanda de energía en Brasil, pero Evo Morales y Néstor Kirchner lo hicieron peor, dice el diario. Porque Kirchner convirtió un país que exportaba petróleo y gas en un país que vive en déficit energético crónico. Y Morales firmó contratos para vender un gas que Bolivia no tiene debido a que él no supo garantizar las inversiones.
En el desenlace está la vergüenza de ver al vicepresidente, hace diez días, y al presidente, ayer, pidiendo al presidente de Brasil que condene a los brasileños a un invierno sin calefacción porque son amigos de la “revolución boliviana”. O porque quieren ayudarlo a terminar con las desigualdades que existen en Bolivia.
El mensaje completo, de los hechos y de las palabras, es lamentable. Quiere decir: la tarea de acabar con las desigualdades bolivianas es de los países amigos, porque del gobierno boliviano sólo se puede esperar mucha demagogia y un criterio negativo de la eficiencia.
Es el triunfo de la Bolivia pedigüeña, porque si encuentra un tesoro lo malgasta y hace todo lo posible por perderlo. La idea es recibir ayuda hasta el fin de los tiempos. Y que se le perdonen los pecados porque se trata de un país pobre. Quizá lo único que le interese sea preservar el espacio para los pecados.
No podemos acabar con la coca porque no tenemos ingresos suficientes de otros sectores. (Y si surgieran esos ingresos, nosotros nos ocuparíamos de hacerlos desaparecer).
El papelón de Buenos Aires no es un accidente, ni la maldición de la pachamama: ha sido fabricado poco a poco, paso a paso. El que el presidente de Bolivia se haya visto obligado a pedir a los países compradores de gas natural que por favor olviden los contratos suscritos (uno de ellos por él mismo), es una vergüenza para los bolivianos.
Las inversiones no llegan (y no llegarán) porque el gobierno demoró un año entero en elaborar los nuevos contratos, mientras el presidente insultaba a las empresas petroleras. Cuando fueron firmados los contratos, en medio de un espectáculo vergonzoso de los colaboradores del presidente, se anunció que serían cambiados. Y, en efecto, en el proyecto de nueva constitución se anuncia que los contratos petroleros serán reemplazados.
Esta incertidumbre tenía que producir efectos. La empresa Total se ha ido definitivamente. Y la British Gas anunció que no invertirá una sola libra en Bolivia mientras no exista estabilidad política y jurídica.
La escena final, en que el presidente estuvo repitiendo las súplicas que había pronunciado el vicepresidente, fue resultado de esos hechos. Quise escribir errores, pero quizá no lo fueron.
Porque a veces surge la sospecha de que quizá la idea es destruir Bolivia. Hacer que no quede piedra sobre piedra, para que quienes queden junto a las ruinas construyan una Bolivia diferente. El problema que pone en dificultades esta sospecha es que el gobierno no tiene una idea clara de la nueva Bolivia que quiere construir, como se observa al leer el proyecto de constitución que aprobaron sus seguidores.

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