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Harakiri como solución

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Recuerdos del presente Los hombres del presidente Humberto Vacaflor El presidente Evo Morales dijo en Villa Serrano el viernes pasado que yo me opongo a la exportación de energía. Y luego informó a un público rural poco entendido en la materia sobre los repentinos proyectos de exportación que tiene su gobierno de una larga lista de plantas termo e hidroeléctricas. Lo que debe preocupar de este incidente no es que el presidente hable sobre este humilde analista a sacrificados campesinos chuquisaqueños que se dedican a cultivos lícitos, sino lo mal informado que está. Tendría que elegir mejor a sus colaboradores. O proponerse leer, en persona, lo que escriben los columnistas. Quizá alguno de sus colaboradores esté en medio de una profunda confusión. Nunca me opuse a la exportación de energía. Lo que siempre he condenado es la exportación de cocaína, ya sea en aviones especiales, en valijas diplomáticas o en los intestinos de algunos compatriotas. Y lo he condenado porque con esas exportaciones se va el futuro del país y Bolivia va adquiriendo las características del Afganistán de Sudamérica. Por supuesto que Bolivia puede y tendría que exportar energía. Todo el gas natural que ahora los vecinos no quieren comprar podría ser convertido en energía eléctrica para exportarla a esos mismos países. Si el presidente revisara sus papeles, descubriría que la prefectura de Tarija le envió hace tres años un proyecto para instalar una planta termoeléctrica en sociedad con el Estado boliviano para exportar energía a Argentina, por lo menos. En ese caso, quien se opuso al proyecto de exportación de energía fue el gobierno del MAS. Nunca escuché a ningún analista opiniones contrarias a una exportación semejante. En lugar de que por la frontera tarijeña pase a la Argentina solamente coca y sus derivados, se podría ampliar la oferta con energía, ya sea con más volúmenes de gas natural o/y energía eléctrica. Con la ventaja de que esas exportaciones dejarían divisas para el país, pagarían impuestos y aranceles, mientras que las 5.000 toneladas de coca llegan a los argentinos sin pagar ningún tributo en Bolivia. Si los hombres del presidente le informan tan mal acerca de un columnista, hay motivos para sospechar de que los otros informes que le pasan son igualmente equivocados. Quien sabe qué otros absurdos esté diciendo el presidente, confiado en los malos informes de sus colaboradores. Lo cierto es que por el hecho de haber sido aludido por el presidente-candidato, he tenido que destinar este espacio a responder. Hubiera querido dedicar esta columna a propósitos más nobles. Por ejemplo, tenía la intención de ofrecer a los colaboradores del presidente, a aquellos que montaron el mamarracho del caso Rozsa, en calidad de préstamo, mi juego de cuchillos. Pensando que quizá algo de honor tengan y se inspiren en los japoneses, esos colaboradores tendrían que hacerse el jarakiri. Y para esos propósitos tengo unos cuchillos muy apropiados. Uno, forjado en Toledo, tendría que ser para el principal, para el que más culpa tuviera en el engendro. Tengo otro, japonés, con hoja de cerámica, que serviría mucho para este propósito, aunque hay que usarlo con cuidado. Y una daga francesa que es un primor, además de un cortaplumas italiano diseñado para la mafia. Pero el mejor de todos es una espada de Samurai, con un filo peligroso. Todo está a disposición de ellos. Tendrían que pensarlo.
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