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La foto de Regis

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La foto de Regis

(Inédito)

Escribo esta crónica a pedido –muy insistente- de algunos amigos a los que les conté mis anécdotas del tiempo de la guerrilla de 1967. Pido perdón por la demora.
Humberto Vacaflor Ganam

Hugo Delgadillo Olivares convivía muy bien con dos profesiones que parecen incompatibles: era periodista y también era dentista. De sus dotes de periodista puedo dar fe; de las de dentista no, felizmente.
No sé si alguna vez el oficio de periodista le ayudó en sus afanes de dentista, pero estuve cerca de él cuando usó su condición de dentista para lograr un golpe periodístico que haría historia en los días de la guerrilla del Che Guevara.
Todos los años, desde que se graduó en la escuela de odontología de Sucre, Hugo viajaba por las provincias del Chaco, se instalaba en la plaza de cada pueblo, sacaba de una valija de cuero un taladro a pedal, lo instalaba junto a un sillón y convocaba a los pacientes, que llegaban hasta el lugar de muy buena gana, según decían quienes los llevaban a rastras.
A las 3 y cuarto de la tarde del 19 de abril de 1967, en Camiri, tuve que darle una mala noticia, la peor noticia que puede dar un periodista a otro. Él había llegado una noche antes desde Sucre porque quería ayudarme en la cobertura de las noticias de la guerrilla.
Ese día, como todos los días desde que llegué a Camiri, el 28 de marzo, yo debía recibir instrucciones del jefe de redacción del diario Presencia, desde La Paz, en la cabina de la telefonía rural del pueblo. Cuando colgué el teléfono tuve que repetirle lo que acababan de ordenar de la redacción central: el único enviado por el diario Presencia a Camiri debía ser yo. Y él debía volver a Sucre, de inmediato, porque así lo ordenaba Jaime Humérez Seleme, jefe de redacción. Por justicia, él creía que le correspondía estar allí, y yo también lo creía: al fin y al cabo él había enviado la primera noticia de la guerrilla el 26 de marzo. Pero no.
“Dile al Toscano (ese era su apodo) que nadie le dijo que vaya a Camiri; que vuelva de inmediato a Sucre, en el primer avión”, escuché a través de un teléfono a manivela, en la conexión diaria con La Paz, a las tres en punto.
Nuestro Toscano no se desanimó. Ambos sabíamos que los guerrilleros estaban cerca de Muyupampa. Eso, gracias a que en las primeras semanas de la acción contra la guerrilla los militares bolivianos no practicaban con mucho celo aquello del secreto militar, y comentaban de todo con las chicas del pueblo, que también eran amigas de los periodistas, mientras que los ganaderos de la zona sabían con mucho detalle por dónde iban los “insurgentes”, como se comenzaba a llamarlos. Los militares eran muy comunicativos: la primera noticia que yo había enviado desde Camiri me la había dado un edecán de la presidencia en el avión donde coincidimos. El ejército, decía la noticia, había decidido desplazar a la altura de Vallegrande un cordón militar, a cargo del coronel Andrés Selich Shopp, porque se suponía que hacia el norte enrumbarían los guerrilleros. Y, en efecto, fue así, como se sabría por la ruta que siguió luego el grupo, y se confirmaría el 8 de octubre, en la quebrada del Churo, donde cayó el Che.
“¿Qué te parece si no me voy a Sucre en avión sino por tierra y me quedo en Muyupampa para saber qué se sabe allí de los guerrilleros?” Toscano me estaba invitando a desobedecer una orden superior y yo, encantado, acepté. Me pareció buena idea. Estábamos usando el olfato periodístico para desobedecer una orden superior.
“Y te llamo todos los días desde Muyupampa en la conexión de las cinco de la tarde, a partir de mañana”, es decir del 20 de abril.
A la hora fijada del jueves 20 de abril yo estaba esperando la llamada de Toscano en el telégrafo de Camiri. La comunicación no era muy buena, pero llegué a copiar todo lo que me dijo.
Él había estado cumpliendo su labor de dentista en la plaza de Muyupampa y de pronto vio venir a una patrulla militar que llevaba a tres prisioneros con fachas de extranjeros. Ahí el dentista Delgadillo Olivares se transformó en el Toscano periodista. Dejó al paciente con la boca abierta, quitó el pie del pedal, y se puso a trabajar en su otra profesión. De un bolsillo de su delantal blanco sacó una grabadora y del otro una pequeña cámara fotográfica, la excelente Olympus Pen D. Con una mano tomaba las fotos y con la otra sostenía la grabadora mientras hacía las preguntas a los prisioneros. Los soldados no interrumpían. Nunca habían visto un periodista vestido de blanco, y con guantes de goma, haciendo tantas preguntas. Y lo dejaron hacer.
Por el teléfono me contó todo con detalle. Debía ser rápido porque la comunicación de la telefonía rural no podía durar más de tres minutos por persona. Que había un francés, un tal Regis Debray (tuvo que repetir y deletrear el nombre), que escribió un libro llamado “La revolución en la revolución”, que estaba de periodista para escribir una crónica para medios franceses, y que el otro era un argentino, Ciro Roberto Bustos, también periodista, así como el tercero, George Andrew Roth. El despacho fue completo.
El rollo de las fotos que había tomado a los prisioneros me lo mandaba con el chofer del ejército, que era su amigo, y había sido su paciente.
Escribí la crónica, con el origen y el nombre del reportero, y la envié a La Paz ofreciendo las fotos del notición. Y por la noche, a la hora convenida, esperé al chofer del ejército en la zona del mercado, en una calle oscura. Recibí el rollo y me fui al hotel. No fue una emboscada, como temí en algún momento. El chofer me dijo que al día siguiente volvería a Muyupampa, y si ofrecía para llevar algo a mi amigo. Le entregué un rollo nuevo para que se lo llevara en el camión militar. No vaya a ser que caigan otros prisioneros. Hasta ese momento, era una guerrilla a la boliviana.
Llegó el domingo. Yo tenía la esperanza de enviar el rollo con las fotos a La Paz en alguna conexión aérea. Lo puse en el bolsillo y me dirigí a la plaza, acompañando a un periodista que acababa de llegar de La Paz y quería presentarse ante las autoridades militares.
En ese afán estábamos cuando nos informan que el recién llegado no podía quedarse en Camiri porque el comando del ejército había declarado “zona militar” a toda el área de operaciones. Y, además, que todos los periodistas que estaban en Camiri, es decir (en orden de llegada) yo, Ángel Tórrez de El Diario y el recién llegado, Horacio Rueda Peña, de Jornada, íbamos a ser expulsados de la zona y si queríamos volver necesitábamos portar un salvoconducto del Comando del Ejército.
Expulsados de Camiri. Me confiscaron el rollo de la cámara que yo llevaba, una Olympus Pen F, pero no se percataron del que tenía, en el bolsillo de mi chamarra, el rollo enviado por Toscano desde Muyupampa.
Un avión militar me dejó en Santa Cruz. Entregué el rollo con las fotos de Muyupampa al corresponsal de Presencia, Henry Dorado. Él lo hizo revelar y los negativos los metió en un sobre y se fue al aeropuerto El Trompillo para enviarlo a La Paz con alguna persona conocida, como era su costumbre. Algunos pasajeros aceptaban, gustosos, hacer de chasquis para los grandes diarios.
Desde La Paz, Alberto Bailey (co-director de Presencia) y Jaime Humérez me dijeron que debía esperar allí, en Santa Cruz, porque habían decidido que sea yo el que vuelva a Camiri a cubrir la guerrilla, para lo que estaban solicitando el salvoconducto.
Al día siguiente no se publicaron las fotos y el ejército decía que la noticia sobre la captura de los tres prisioneros había sido falsa. Los desmentidos militares ponían incómodos a los responsables del periódico en La Paz.
Dorado decía que los negativos de las fotos los había enviado con un curita que iba a La Paz. (Presencia era un diario de propiedad de la Conferencia Episcopal boliviana). Pero el sobre no había llegado a la redacción.
Pasó más de una semana y las fotos no se publicaban.
En La Paz, Horacio Alcázar, jefe de Informaciones de Presencia, identificó al curita que había recibido el sobre con los negativos en El Trompillo. Supo que en su viaje había tenido que quedarse en Cochabamba y allí entregó el sobre a un pasajero que seguiría a La Paz. El pasajero desconocido, ya en La Paz, había llamado por teléfono a Presencia. Había dicho que tenía un sobre de Santa Cruz, pero quien recibió la llamada no la reportó. Diez días después, el propio Horacio Alcázar habría de encontrar el sobre en la recepción del hotel Sucre Palace.
Las fotos se publicaron en primera página, acompañadas de un resumen del despacho que se había originado en Muyupampa.
Nunca me dieron el salvoconducto para volver a Camiri. Tuve que volver a La Paz. José Luis Alcázar fue en mi lugar a Camiri y tuvo un desempeño fabuloso. Llegó a escribir un libro, el primero, sobre la guerrilla.
Lo que pasó con los prisioneros durante aquellos días en que el sobre con los negativos no aparecía por ningún lado lo vine a saber, de primera persona, aunque subrepticiamente, tres meses después, gracias a otra expulsión con complicaciones políticas.
Finalmente me habían dado el salvoconducto y pude viajar a Camiri para reemplazar a José Luis Alcázar. La ciudad se había convertido en el centro de mayor concentración de periodistas extranjeros que jamás hubo en Bolivia. Cable West Coast había instalado teletipos para dar respiro al angustiado telegrafista que hasta entonces debía enviar los textos, de los cada vez más largos despachos de los periodistas, por el sistema Morse.
Regis Debray estaba preso en el comando del ejército, en la esquina de la plaza del pueblo. Franceses, ingleses, hindúes y otros de todas las demás nacionalidades fatigaban el pueblo en busca de noticias. Los militares se habían hecho muy parcos. El coronel Luis Reque Terán había reemplazado a Humberto Roca en el comando de la IV división. Habían ensayado los militares un sistema de censura de los textos, pero luego levantaron las manos. Eran muchas páginas. Y algunas en otros idiomas.
Estaba por comenzar el juicio del Tribunal Militar contra los prisioneros. Fue cuando el coronel Efraín Guachalla, presidente del Tribunal, dio aquella respuesta sorprendente a los periodistas. “¿Qué, quieren que yo responda todas sus preguntas?, ¿me creen el homo sapiens?” El argumento era irrebatible.
El 2 de septiembre, la señora Janine Debray había acabado de almorzar en el restaurante Marieta, de propiedad de don Federico Fórfori, y se dirigía a hacer la visita diaria a su hijo, el prisionero más famoso del pueblo y del país. Su esposo. George Debray, la seguía. Cuando pasaba por mi mesa, le pedí que saludara a Regis en mi nombre, por su cumpleaños. Ella, muy política (había sido concejal de París) me pidió que escriba mi nombre en una libreta que llevaba. Lo hice. Por la noche, en la cena, ella me dio la respuesta de puño y letra de Regis.
Así comenzaría un intercambio de mensajes que me permitió tener la opinión exclusiva de Regis a las preguntas que le enviaba con su madre cuando había algún motivo especial. Presencia publicaba esas entrevistas. Y también algunas agencias de noticias.
A las pocas semanas ocurrió algo muy confuso. El avión presidencial estaba dando la vuelta sobre Camiri para aterrizar en Choreti. Tomé un taxi y llegué al aeropuerto cuando el avión acababa de aterrizar y bajaba el presidente René Barrientos. Bajó también el periodista Donald Zavala, de Presencia, y me dijo que venía a reemplazarme.
Había llegado el momento en que los redactores casados aceptaban ser enviados a la guerrilla. Hasta entonces éramos solamente los solteros, porque así lo habían decidido los casados la noche en que se estaba lanzando la noticia de la guerrilla, el 26 de marzo. Y como yo era el más soltero de todos, me enviaron en primer lugar. Luego sería José Luis, el otro soltero. Yo pensaba que nos íbamos a alternar entre los dos en Camiri. Pero había llegado el momento de los casados.
Le pregunté al presidente Barrientos si ese día iba a volver a La Paz y si me podía hacer un lugar en el avión presidencial porque yo ya no tenía nada qué hacer en Camiri. Me dijo que sí, que en dos horas partiríamos. Iba a tener una reunión muy rápida con los jefes militares. Estaba fresca la memoria de la “masacre de San Juan” del 23 de junio, y él había pedido la llegada de los Boinas Verdes, que se instalaron en Santa Cruz para entrenar a los Rangers y prepararlos para enfrentar a la guerrilla. La situación en las minas era muy tensa, según me había contado Simón Reyes a fines de junio en una entrevista organizada con todas las previsiones de seguridad por personal del PC: él y otros dirigentes sindicales estaban en la clandestinidad, y los demás estaban presos. El ejército seguía ocupando las minas y buscaba a los responsables de que los mineros hubieran decidido ceder un jornal de todos ellos (unos 27.000) para ayudar a la guerrilla.
Barrientos volvió a Choreti un poco tarde. No iba a poder hacer escala en Cochabamba en su viaje a La Paz, como acostumbraba. No estaba de buen humor. Había perdido la locuacidad. Las noticias de la escurridiza guerrilla lo tenían molesto, aunque faltaban pocas semanas para la captura del Che.
Ya en el avión, un C-47 acondicionado para que sea el FAB-01, con unos sillones, un sofá y unas sillas especiales, me acomodé para dormir (los aviones siempre me producen sueño). Todos sabíamos que quien piloteaba era el presidente. Y el ambiente presidencial del avión estaba vacante, siempre.
Yo tenía 24 años y estaba vestido con un pantalón y una camisa que parecían de militar. Al lado, a un metro de distancia, en la mesa con los sillones, iban militares de veras. Y hablaban. No pude dormir. La charla era una lluvia de novedades.
Uno de ellos, Roberto Quintanilla, coronel de policía, había puesto sobre la mesa las fotos de los retratos que Bustos había hecho de los guerrilleros y explicaba porqué el retrato del Che Guevara lo mostraba con el cabello muy corto en el techo de la cabeza y largo en los costados. La historia del ingreso por Puerto Suárez en noviembre de 1966, con el pelo rapado y el pasaporte falso, con el nombre de Adolfo Mena González era ya conocida por los militares.
Esas fotos iban a ser exhibidas en una conferencia de prensa que Quintanilla anunciaba para la siguiente semana, que sería en el Salón de los Espejos del Palacio Quemado. Lo más importante que decía Quintanilla en aquel avión era que el ejército boliviano tenía la certeza de la presencia del Che Guevara. En realidad era la CIA la que lo sabía.
En la charla, Quintanilla contó que durante aquellos días en que las fotos tomadas por el Toscano en Muyupampa no aparecían, él subió a Regis a un avión militar preparado para el salto de paracaidistas. Lo sostenía de los dos brazos por la espalda, lo aproximaba a la puerta abierta en pleno vuelo y le pedía que cante todo lo que sabía, sobre todo acerca del Che.
“Y este maricón se cagó de miedo”.
Los militares que lo escuchaban rieron.
El 1 de abril de 1971, el muy valiente “Toto” Quintanilla murió abatido por una mujer, Mónica Ertl, en Hamburgo, donde estaba de cónsul de Bolivia.
Ya en La Paz escribí esa revelación en una crónica firmada que, por algún error de la diagramación, se publicó en la página de opinión. Fue la primera vez que mi nombre aparecía en una página de opinión. Pero mejor hubiera sido publicarla en primera página. En fin, eran días muy intensos.
No había sido Regis Debray el que delató la presencia del Che en la guerrilla; la CIA ya lo sabía y los retratos de Bustos sirvieron para confirmarlo.
Cuando se publicó esa columna con la revelación, el general Juan José Torres, jefe de Estado Mayr del ejército, informó que yo había sido expulsado de Camiri por pertenecer a la “red internacional de propaganda en favor de Regis Debray”. Supongo que en los registros militares el nombre de esa organización figuraba con mayúsculas.
Era seguramente la primera vez que un agente internacional era expulsado y salía del lugar en el avión presidencial, recostado en el sillón dedicado al Primer Mandatario.
Otra vez a la rutina. Otra vez como periodista acreditado en el Palacio Quemado. Un día llega el coronel Torres para hablar con Barrientos, y a la salida, cuando es rodeado por los periodistas, me lanza una provocación.
“Me han dicho que lo han visto manejando un Volkswagen. Seguramente es un regalo de su madrina, la señora Janine Debray”.
Le respondí:
“Y a mí me han dicho que usted fue el padrino de la cama matrimonial de Regis Debray con Elizabeth Burgos”. (Ellos se acababan de casar en la prisión militar de Camiri).
El coronel se molestó con mi respuesta y gritó:
“Sepa que yo no soy ningún alcahuete”. Y se fue.
Nunca simpatizamos.
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En junio de 1970, algunos meses antes de ser derrocado por Hugo Banzer, Torres decidió poner en libertad a Regis Debray. Lo hizo de manera casi subrepticia, seguramente para no molestar a los militares. Al fin y al cabo al máximo Tribunal de Justicia Militar había condenado a Debray a 30 años de cárcel, que se hubieran cumplido en 1998. Sólo estuvo tres años en la cárcel.
A principios de los años 80, mientras yo trabajaba en Londres en Latin American Newsletters y en la BBC, visité a Regis en París, acompañado por Ana Santiago y Líber Forti. Por circunstancias especiales nunca pude contarle la historia de sus fotos en Muyupampa, primero porque él estaba en la cárcel en Camiri y luego porque estaba en el poder, en París, y no tenía tiempo para estas cosas.
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Sobre lo que fue la guerrilla se ha escrito tanto, pero tanto, que resulta difícil encontrar un hilo novedoso.
Me dice Christopher Roper, a quien conocí en Camiri en 1967 y con quien mantengo una amistad larga y muy intensa, que Ciro Roberto Bustos ha escrito un libro sobre la guerrilla en 2014, con algún enfoque novedoso.
Yo vi cómo mucha gente fue transformada por esa guerrilla. Me fui en 1968 a Roma por una beca, y cuando volví, en 1970, los mismos militares que habían ordenado la muerte del Che estaban conduciendo gobiernos de izquierda. Jorge Gallardo Lozada contó en su libro “De Torres a Banzer” cómo todos los jefes militares de entonces votaron libremente el 8 de octubre de 1967, porque se los pidió Barrientos, para definir el destino del Che, y que sólo el general León Kolle Cueto, de la FAB, votó porque se lo dejara vivir: todos los demás lo querían muerto. Pero luego o se murieron o se transformaron.
Sobre el Che, pues mi maestro Líber Forti tiene una impresión negativa. Dice que cómo puede ser que un médico llegue a la Sierra Maestra y, en lugar de pedir un bisturí para ayudar a la gente, pida una ametralladora. Era un médico que quería matar.
Y mi amigo Ivonne Le Bot, otro anarquista, escribió un libro denunciando cómo los campesinos de Guatemala sufrían cuando llegaban los militares a sus aldeas y sufrían cuando llegaban los guerrilleros. En fin, que los guerrilleros que buscan el poder para hacer lo que ya se sabe que hacen, nunca me han simpatizado. Es que el poder y la libertad son antagónicos, como dice el nigeriano Wole Soyinka.
Como curiosidad, alguna vez he dicho que la primera nacionalización del petróleo se produjo en 1938 después de la guerra del Chaco y la segunda en 1969 después de la guerrilla del Che. La primera había sido dispuesta por jefes militares que se consideraban derrotados y la segunda por jefes militares que se consideraban culpables de haber derrotado a la guerrilla.

Tarija, enero 2015

 

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