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Exportar y/o morir

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Recuerdos del presente

Exportar es morir

Humberto Vacaflor

Fue Gonzalo Sánchez de Lozada quien propuso al país la consigna de “exportar o morir”. Entonces, el país meditó mucho, entendió el mensaje y decidió exportarlo a él.
Eso de exportar presidentes es una costumbre muy arraigada entre los bolivianos. Forman parte de las exportaciones tradicionales.
La exportación más dramática de un presidente boliviano fue, probablemente, la de Mariano Melgarejo. Su consigna personal, mientras huía hacia la frontera con Perú, perseguido por furiosos paceños, era “llegar a Yunguyo o morir”.
Cuando se ponen de mal humor, los paceños hacen escapar no solamente a presidentes bolivianos. Un presidente peruano fue batido también por los paceños en una batalla extrañamente olvidada.
No se sabe cómo está ahora el humor de los paceños. Pero no habría que olvidar sus costumbres. Yunguyo es siempre una opción para los que están alojados en el Palacio Quemado.
En Bolivia, los cambios de consignas marcan los cambios de gobiernos. Este gobierno, por ejemplo, está mostrando que se guía por la consigna de “exportar es morir”. Quiere matar a los que exportan. Odia las exportaciones, sobre todo las legales. Las considera una actividad mezquina, inspirada en el sucio instinto capitalista de ganar dinero.
Si en algo son buenos los miembros del gobierno es en frenar las exportaciones. Tuvieron mucho éxito hace un mes, cuando hicieron diligentes gestiones para conseguir que Brasil y Argentina compren menos gas boliviano. Es que el gobierno odia que esos dos países hermanos se hagan dependientes del gas boliviano en lugar de desarrollar sus propias potencialidades. Es de egoístas crear ese tipo de dependencias. El esfuerzo valió la pena, porque ahora Brasil, gracias a que Bolivia es un país desprendido, se ha convertido en una potencia petrolera mundial y Argentina ha decidido buscar nuevos yacimientos en su territorio, además de comprar gas desde países lejanos, bien lejos de Bolivia.
La política de la buena vecindad, bien entendida, consiste en romper ataduras. Como dice el poeta: “para que nada nos separe, que no nos una nada.”
En estos días, la fobia del gobierno boliviano contra las exportaciones se ensañó con los que exportan aceite comestible. Se esmeró en la puesta en escena. El gobierno denunció que los exportadores habían olvidado que el primer deber que tienen es atender la demanda interna. Para demostrarlo tuvo que jugar con las cifras y violar las estadísticas.
Utilizó cifras sobre las exportaciones de aceite que en nada se parecen a la realidad, pero que sirven para crear un clima contrario a la actividad exportadora. El principio que guía el comportamiento del gobierno es “impactar o morir”.
El presidente Morales mostró su aversión a las exportaciones con un gesto heroico: repitió en público cifras equivocadas. Dijo que en enero y febrero los aceiteros exportaron 365.000 toneladas sabiendo que la cifra verdadera era 54.000 toneladas. En lugar de dar la cifra correcta, que le había entregado la aduana, optó por decir la incorrecta, por más absurda que parezca, de la ministra Tsunami Rivera. (Nunca Bolivia exportó más de 270.000 toneladas en un año.) Es que se trata de una cuestión de principios. Si odias las exportaciones tienes que demostrarlo incluso haciendo el ridículo. Y el presidente es un hombre de principios.

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