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Evo y la música militar

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Recuerdos del presente

El poder de la música

Humberto Vacaflor

Hay que tener cuidado con la música. Es que tiene una conexión directa con el alma. Puede cambiar a la gente. Quien mejor define ese efecto de la música en el ánimo de las personas es Woody Allen: “Después de escuchar durante media hora la música de Wagner, me dan ganas de invadir Polonia”.

De eso debía cuidarse nuestro presidente, que en Oruro fue transformado por los sones marciales de las bandas militares, a tal punto que olvidó el discurso conciliador que había estrenado un día antes y volvió a las amenazas. En ese momento, dominado por los sones marciales, el presidente parecía tener ganas de invadir la “media luna” no solamente con un ejército de votantes, sino con militares.

En el lapso de pocas horas, y como efecto de la música militar, en el escenario prusiano montado en Oruro, pasó de invitar a los prefectos opositores a trabajar de manera coordinada con su gobierno por el bien del país, a señalarlos como los enemigos que deben ser aniquilados por los militares.

En su primer discurso había dado la impresión de que él era el conciliador que contrastaba las amenazas del vicepresidente. El segundo hombre del país había dicho en Sucre que él iba a aplastar a la derecha. Dio la impresión de que se refería a aplastarlos con los votos, los votos que puede lograr el presidente Morales, no él.

Pero en Oruro el presidente no se refirió a los votos, sino a las armas de los militares. No fue una amenaza política, una advertencia que tuviera que ver con los comicios; fue una amenaza militar. Desde la parada de Oruro, los militares bolivianos tienen el deber de cumplir la orden del Capitán General de las FFAA y terminar con todos los separatistas, entre los que dijo que están “algunos prefectos”.

Quedó la impresión de que estaba hablando de fusilar a los prefectos. Y la duda de si los prefectos opositores iban a ser fusilados antes o después de trabajar con Su Excelencia. O quizá estaba pensando en dialogar con los sucesores de los prefectos, otros Bandeiras.

Dicen los reporteros que siempre que vuelve del interior a la ciudad de La Paz, el presidente llega a su oficina en el Palacio Quemado. Pero que esta vez volvió de Sucre y se encerró en la Residencia Presidencial de San Jorge. No quiso ver a nadie.

Por lo tanto, es probable que haya estado de mal humor desde que salió raudamente de Sucre y que el recuerdo de la silbatina se mezcló luego, ya en Oruro, con la música de gusto wagneriano y produjo ese efecto lamentable.

Además de las instrucciones a los militares para acabar con los prefectos, lo que más impresionó del discurso de Oruro fue el tono colérico y sus ademanes amenazantes.

Es que la música estaba muy alta.

Habrá que tomar en serio esta situación. El presidente Morales podría estar afectado por un agotamiento acumulado que está minando su salud. Al fin y al cabo no descansa nunca. Es la tensión permanente. Cuando hayan pasado las elecciones, si él siguiera siendo presidente, o no, tendría que tomarse unos días de reposo. Para entonces habrá completado cuatro años y medio de agotadora campaña electoral. Ningún cuerpo aguanta tanto.

Mientras tanto, háganle escuchar huayñitos.

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