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Evo y Diocleciano

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Recuerdos del presente

Un extraño festejo

Humberto Vacaflor

En la plaza Murillo de La Paz se realizó el viernes 29 de febrero de este año bisiesto una extraña ceremonia. Unos ciudadanos llegados del agro y vestidos con ropa de fiesta aplaudieron al presidente Evo Morales por la aprobación de unas leyes que él describía como la obra maestra del revanchismo histórico.
Los paceños, indiferentes, seguían sus actividades normales, acostumbrados como están a la presencia de aspirantes a dictadores que en la misma plaza Murillo intentaron otras veces iniciar largos reinados. Ellos estaban molestos con la inflación.
Con ponchos de todos los colores y con música, unos 2.000 ciudadanos traídos del campo reflejaban el aislamiento en que quedó el presidente Morales. La noche anterior, a las patadas, había logrado la aprobación de unas leyes que el resto del país decidió ignorar.
Cerca de allí, el vicepresidente se felicitaba de haber sido tan astuto al encerrar a unos parlamentarios de la oposición con el pretexto del diálogo y la concertación pero sólo para evitar que lleguen al Congreso. Era la tercera vez que se aprovechaba de la ingenuidad de los opositores. Estaba feliz. Como engatusador lo hace mejor que como terrorista. La última vez que mandó a volar una torre de electricidad olvidó decir a los aprendices de terroristas que cuando se enciende la guía de la dinamita hay que correr;  no ponerse a soplarla creyendo que está apagada. Los dos murieron y la torre quedó intacta. Cuando el vicepresidente dice que aprendió a matar en el Altiplano no se refiere a esos dos aprendices.
En el Prado, miles de ciudadanos estaban marchando para exigir al gobierno que aplique su propio DS por el cual había prohibido la venta de ropa usada traída del exterior, pero que dejó en suspenso por razones electorales.
Todos los bolivianos estaban angustiados con la inflación. El gobierno había tomado medidas con el pretexto de combatirla, pero apuntando a perjudicar a los productores. Prohibió la exportación de algunos productos del agro. Prohibió las exportaciones legales. Las otras, como las de coca, no tienen por qué preocuparse.
En el frente de la inflación, que es el verdadero enemigo a muerte del gobierno, las medidas eran ingenuas. Se decretó cárcel para los especuladores. Y se aprobó un premio a los delatores.
El emperador romano Diocleciano, en el siglo III, fue el primero que quiso combatir la inflación atacando a los vendedores en lugar de alentar la producción de alimentos. Decretó la pena de muerte para los especuladores. Dicen sus biógrafos que Diocleciao era “cruel y sanguinario”. Había llegado al poder tras 50 años de agitación política, en una época de inestabilidad económica y moral, de guerras “casi innecesarias”. Era de origen humilde, “astuto e inteligente”.
El problema de este antecedente histórico es que la inflación romana no cedió. Había comenzado criticando a los productores, a “los hombres que nadan en su riqueza”. Provocó guerras internas. Cambió la moneda. Pero nada consiguió. Tres años después de iniciada la campaña contra la inflación, Diocleciano terminó dando a los ricos productores millonarios incentivos, para que produzcan más. Se retiró de la política y se fue a atender una chacrita que tenía en Salona. Su aporte fue haber creado el impuesto a la prostitución.

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