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Evo, el capitulador

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Recuerdos del presente

Capitulaciones del presidente

Humberto Vacaflor Ganam

El presidente Evo Morales tiene la costumbre de capitular con demasiada facilidad. El gasolinazo que dispuso su gobierno entre Navidad y el Día de Inocentes fue la ocasión para que el presidente haga conocer sus últimas capitulaciones.
Al ofrecer un incompleto y deficiente mensaje de fin de año, el presidente reveló que acababa de renunciar a su rol de conductor de las fuerzas que se proponen derrotar al capitalismo en el planeta.
Repitió las  frases claves de su nueva fe, opuesta a la que     acababa de pertenecer, y lo hizo con fervor de flamante converso: sólo el mercado puede definir los precios. Es el mandamiento principal del liberalismo.
Del mismo modo, sus arengas y proclamas contra el capitalismo se habían repetido con énfasis, aunque siempre con frases enrevesadas. Quienes lo alentaron a lanzarse a aquella cruzada, desde el Caribe, están ocupados en sus propios problemas y no tienen tiempo para consolarlo.
Pero él no necesita consuelos. Cuando volvió de haber tenido su más desastrosa presentación internacional, en Cancún, donde Bolivia quedó sola frente a los 193 restantes países del planeta, dijo que estaba feliz. No necesita mucho para ser feliz el hombre. Casi nada.
En su tradición -algunos dicen en su cultura- esto de decir blanco y luego negro no es necesariamente una contradicción, sino una forma de razonar, de discernir, de buscar la verdad. Pero sobre todo no es una derrota.
En la ocasión del discurso-mensaje hizo también el anuncio implícito de que las Fuerzas Armadas de Bolivia capitulaban de la función de controlar las fronteras, pues su gobierno debió elevar los combustibles en vista de que la institución tutelar de la patria no puede frenar el contrabando. Eso sí, les dio ahora la tarea de elaborar pan de batalla, con la esperanza de que entiendan de qué se trata.
No es cosa nueva que Evo Morales se rinda con mucha facilidad. En 2001, cuando Hugo Banzer estaba avanzando en la erradicación forzosa de los cocales del Chapare, todos ilegales, este líder sindical se rindió y decidió pedir, por favor jefazo, que el gobierno les permita mantener las 600 hectáreas que quedaban por limpiar. Era una rendición del fiero bloqueador de carreteras, pero el gobierno de entonces no la aceptó.
El derrumbe de los precios de las materias primas de exportación, pero sobre todo la revelación de que la economía boliviana era adicta a los ingresos de la droga, vinieron entonces en auxilio de este líder que capitula con tanta facilidad. La crisis económica trajo la  desestabilización de la política y provocó que los bolivianos decidieran llevar a la presidencia al líder cocalero.
Un muy querido amigo suele decir que los pueblos tienen derecho a enloquecer, a cometer errores garrafales, pero luego se dan el gusto de corregirlos. Al parecer eso es lo que estamos viendo ahora.
En las horas tensas que vivió el país por el gasolinazo, el presidente no descartó la posibilidad de abrogar la medida. Sólo insultó a los presuntos culpables del contrabando y a quienes osan disentir con él.
La costumbre del presidente de capitular con tanta facilidad nos llena de esperanza a los bolivianos.

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