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Del estaño a la cocaína

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Recuerdos del presente

Un fantasma del pasado

Humberto Vacaflor

El último huésped de la cárcel de Chonchocoro viene a recordarnos un pasado reciente, aunque parezca remoto por los cambios que han sacudido al país desde 1980.
En un gesto que ahora parece presagio, aquel 17 de julio el “mariscal de la cocaína” decidió demoler el edificio de la Federación de Mineros, donde funcionaba la Central Obrera Boliviana, en el Prado de La Paz.
Parece presagio porque con esa demolición Luís Arce Gómez estaba poniendo una lápida al poder sindical boliviano basado en actividades legales.
Hasta aquel día, la revolución era tarea de los trabajadores de la minería, nacionalizada o no, de los fabriles, los petroleros, los constructores, los ferroviarios, aunque no de los transportistas, que siempre militaban en el frente contrario.
Este adelantado del poder del narcotráfico hizo, quien sabe por instinto, lo que debe hacer quien está inaugurando una nueva era: demoler hasta los cimientos el edificio donde se alojaba el poder que se pretende reemplazar.
Dicen que algún ministro de ahora estuvo en el asalto a la COB. Si fuera así, podría reclamar el derecho a ser considerado un precursor del desplazamiento de la clase trabajadora revolucionaria basada en actividades legales por las hordas de operarios de las actividades ilegales.
Tanto ha cambiado el país desde aquel 17 de julio que ahora los héroes del camino al socialismo no son los mineros, sino los cocaleros que proveen la materia prima a los narcotraficantes.
Cinco años después de la demolición de la Federación de Mineros, el estaño dejaba de cotizarse en el London Metal Exchange (LME) y así desaparecía el aporte más importante de Bolivia a la economía mundial.
Desde el punto de vista económico quizá se pueda alegar que era inevitable que el proletariado minero, ligado a una actividad caduca, fuera desplazado por quienes pertenecen a la actividad económica que, aunque ilegal, es la que representa el vínculo más activo de Bolivia con el mundo.
Filemón Escóbar se fue detrás de algunos mineros al Chapare. Algo, que no se atreve a definir, le ha decepcionado de la nueva clase obrera revolucionaria a la que se adscribió, a tal punto que se ha alejado de ella. Pudo más en él su orgulloso pasado de minero.
Alguna vez quise saber si detrás de la decepción de Filemón estaba algún concepto moral. ¿Se puede ser revolucionario a partir de actividades ilegales? ¿Podrán los pederastas, por ejemplo, encabezar la liberación de las masas? Es probable que los marxistas tengan alguna respuesta, porque las tienen para todas las circunstancias.
Lo cierto es que este fantasma del pasado que llegó desde Miami obliga a comparar dos épocas.
Y permite entender a quienes, habiendo sido de izquierda en aquella época, son tildados ahora de derechistas porque no aceptan el liderazgo de la vanguardia pecadora.
¿Podrá alguien llamar a los bolivianos a buscar la liberación por el camino de la prostitución? ¿Se puede actuar en actividades ilegales y luego ser capaz de distinguir lo que es corrupción de lo que es un comportamiento honesto? O, dicho de manera más familiar, ¿se puede tener un líder que sea incapaz de distinguir el bien del mal?
Aquel 17 de julio se enterró una Bolivia y comenzó a nacer otra, muy distinta. Hay algunos que no estamos de acuerdo con el modelo que propone la vanguardia pecadora.

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