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Educar al presidente

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Recuerdos del presente

 

A corregir al presidente

 

Humberto Vacaflor Ganam

 

El vicepresidente Álvaro García Linera tuvo que aclarar la semana pasada que cuando el presidente Evo Morales habla de una “trampa” hecha por su gobierno, quiere decir “estrategia”. Es un minucioso traductor de Su Excelencia.

Es que estaba quedando muy feo que el presidente dijera que cuando la oposición le estaba haciendo una trampa para “obligarlo” a terminar su primer mandato, su gobierno hizo una “mejor trampa” para engañar a la oposición y al país respecto de la posibilidad de la re-reelección.

La traducción que hizo el vicepresidente de estas declaraciones del presidente fue muy precisa. Por primera vez en mucho tiempo un malentendido creado por el gobierno no fue atribuido a los periodistas, sino al mal uso de las palabras por parte del Su Excelencia.

El presidente tendría que ser muy cuidadoso con estas cosas. A los ciudadanos no les gusta que el presidente admita con tanto desparpajo que su gobierno hace trampas. Sospechan que las hace porque al fin y al cabo es político, pero no quisieran que se las refriegue en el rostro y se ufane de haberlas hecho. Y no quisieran imaginarse todo lo que tendría que admitir cuando relate su lucha como dirigente cocalero, con bloqueos salvajes y negociaciones hechas con el método del cambio permanente de las demandas.

Por otro lado, alguien tendría que haberle dicho al presidente Morales que, hablando con franqueza, el modelo económico del país no es de exportación. Así habría evitado hacer el ridículo cuando dijo en las Naciones Unidas que todos los países del mundo deberían imitar a Bolivia, cuando, según todas las estadísticas, Bolivia es el país de menor crecimiento en el Cono Sur. Si Brasil, Perú, Uruguay, Chile y Paraguay tuvieran que imitar a Bolivia, se verían forzados a frenar sus economías, que en este momento crecen a una tasa promedio de ocho por ciento, mientras que Bolivia crece a cuatro por ciento. (Argentina está en nueve por ciento).

Del mismo modo, alguien debería mantener informado al presidente sobre lo que ocurre en los países que visita en su lujoso avión. En su calidad de “líder espiritual de los pueblos originarios del planeta”, título que le dio algún amauta sobrio, el presidente estuvo en Santiago de Chile, abrazó a su colega, el multimillonario Sebastián Piñera, pero olvidó mandar un saludo –o saludar en persona- a los mapuches que cumplían una huelga de hambre en contra de una ley de Pinochet. ¿Somos originarios o no somos originarios? ¿Somos socialistas o pinochetistas?

Aquí fallan sus colaboradores. A él no le hubiera costado mucho ir a visitar a los mapuches. Después hubiera podido dar alguna explicación a Piñera, que es de la corriente pinochetista. Sabe que, entre políticos, siempre terminan entendiéndose.

Y fue mucho desatino su saludo tan entusiasta al resultado electoral de Venezuela, sabiendo que allí el chavismo obtiene un parlamentario con 55.000 votos y la oposición necesita 90.000. Los que juegan con dados cargados ganan, es cierto, pero es de mal gusto felicitarlos.

A Hugo Chávez no le gustaría que le digan que hace trampas. Eso lo saben muy bien los periodistas venezolanos.

 

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