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Editorial de La Nación de Bs As que retrata también al MAS boliviano

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LA NACIÓN | Buenos Aires, sábado 03 de enero de 2015 

Editorial I

La mentira como política de Estado

La Argentina completará en 2015 tres mandatos constitucionales consecutivos dominados por la falsificación, el engaño y el abuso de poder.

El día en que la historia deba describir el gobierno kirchnerista habrá un par de rasgos en los que las evidencias no dejarán margen para interpretaciones disímiles: la corrupción y la mentira. Sobre la primera, será la Justicia la que finalmente lleve a la superficie los hechos que permitieron un descarado enriquecimiento  del matrimonio gobernante desde el poder. Vale la pena detenerse en la mentira, que debido a sus extremos de torpeza y desenfado ya es evidente a los ojos de la ciudadanía argentina y del mundo. En todo caso la falsedad oficial no es algo que requiera más pruebas de las que ya hay, sólo que hay muchas personas que las pasan por alto, sea por adhesión ideológica, por interés o por cooptación populista. Se cumplirán tres mandatos constitucionales bajo el imperio de la mentira, lo que prácticamente permitiría calificarla como una política de Estado.

Tal vez no haya palabras más apropiadas para caracterizar la mentira kirchnerista que las escritas por Václav Havel cuando se refería al régimen comunista de Checoeslovaquia antes de la Revolución de Terciopelo:

"Dado que el régimen es cautivo de sus propias mentiras, debe falsificar absolutamente todo. Falsifica el pasado, falsifica el presente y el futuro. Falsifica las estadísticas. Finge respetar los derechos humanos y finge no procesar a nadie. Finge no temer nada. Finge no fingir nada".

Bien se dice que la mentira tiene patas cortas. No puede avanzar mucho sin que se ponga en evidencia. Hay un enjambre de situaciones en el ámbito oficial. Muchas mentiras han protegido situaciones personales. Tal el caso de la respuesta de la Presidenta a la pregunta de una estudiante de Harvard sobre el origen de su fortuna. Una inesperada situación no acostumbrada no le dio tiempo para elaborar una versión más creíble que la de sus abultados ingresos como "abogada exitosa".

Otras mentiras de la vida diaria y de la cadena oficial pretenden engañar sobre la gestión de gobierno y sus resultados. Apabullan en los discursos presidenciales, cansan en los entretiempos del Fútbol para Todos y provocan risas en 6,7,8. Así, por ejemplo, debemos escuchar que no hay cepo cambiario o que la inseguridad es sólo una sensación.

La habilidad dialéctica de argumentar lo imposible es apreciada por el poder. El senador Aníbal Fernández se ha ganado ese reconocimiento desplazando a Jorge Capitanich como vocero permanente de los actos de gobierno.

La mentira no puede presentarse con un lenguaje rocambolesco e inentendible. Se cae en el ridículo. Se lo debe hacer con agresividad y anticipando el desprecio para quien la contradiga. Nadie como Aníbal Fernández para un año que promete dificultades que no se solucionarán sino que agravarán la herencia que recibirá el próximo gobierno.

El Gobierno ha mentido y continúa haciéndolo respecto de la inflación, del crecimiento y de la pobreza. El falseamiento del índice de precios desde enero de 2007 produjo como consecuencia las demás falsedades.

Se suponía que a partir de enero de 2014 enmendaría este comportamiento fraudulento mediante un nuevo índice. No fue así, siguió manipulándolo. El resto del mundo lo sabe y lo hace constar en las referencias estadísticas en las que aparece la Argentina.

Se deforman los resultados fiscales incluyendo como ingresos genuinos las transferencias del Banco Central y de la Anses, que no son más que una forma de financiar el déficit. Es otra falsedad en la que el Gobierno especula con la dificultad de la mayoría de identificarla. En relación con este engaño se expone el desendeudamiento como un supuesto logro. La verdad es que hoy la deuda pública supera holgadamente la de 2001 que nos llevó al default, y el Banco Central ha sido completamente descapitalizado. Nada dice la Presidenta acerca del uso indebido de los fondos que pertenecen a los jubilados. Tampoco se muestran datos comparativos del enorme incremento del gasto público que es la génesis del problema. En el ABC populista se incluye el alegre dispendio a favor de los actuales votantes, pero en desmedro de los futuros gobiernos y de las generaciones venideras.

Se mintió sobre la situación energética escondiendo informes internos que mostraban la emergencia eléctrica y se desconoció la gravedad de la caída de la producción de gas y petróleo.

La abundante publicidad oficial exalta la obra pública como si nunca un gobierno hubiera concretado tantas inversiones. Parece una burla a la inteligencia de los ciudadanos que padecen las carencias del transporte y el deterioro en la calidad de las telecomunicaciones.

Se destaca el aumento del gasto educativo, pero nada se dice del deterioro en los resultados de las evaluaciones. Con el mismo empeño, se ignoran los rankings internacionales que muestran a la Argentina creciendo en corrupción y retrocediendo en calidad institucional.

El problema del que miente sistemáticamente es que, finalmente, dejan de creerle. Cuando es un gobierno intervencionista el que lo hace, nada resulta previsible ni creíble para quienes necesitan reglas claras. Tal es el caso de los inversores y de todo aquel que tenga una iniciativa creadora. La mentira oficial no sólo es inmoral sino que además es un factor de retroceso.

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