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Drogas y terrorismo

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Recuerdos del presente Una preocupante coincidencia Humberto Vacaflor Hay en el mundo tres países que son mencionados con insistencia en la lista de los “Estados fallidos”, es decir que están o disueltos del todo o a punto de estarlo: Afganistán, Somalia y Bolivia. Respecto de Bolivia más el experto internacional Mark Falkof, vinculado al gobierno chileno de Ricardo Lagos, se atrevió a dar fechas para el momento en que el país quedaría desintegrado y provocaría un cambio en el mapa político de Sudamérica. En este proceso de pasar de ser un Estado a convertirse en un territorio sin control, donde pululan bandas de delincuentes, prevalece la actividad ilegal y rige la ley de la selva, Somalia y Afganistán están más avanzados. Somalia llamó la atención del mundo a principios de año con el caso de sus piratas que controlan el océano Índico. El caos reinante en el territorio conocido como Somalia desde 1991, cuando estalló la crisis política, estaba afectando a los vecinos y provocaba inseguridad en una ruta marítima internacional. Y se sabe lo que es Afganistán, donde bandas de delincuentes se han dividido el territorio y han creado problemas a los vecinos, además de ser el lugar por donde pasaron sucesivas y fracasadas intervenciones las superpotencias. ¿Qué tienen en el común estos países conocidos como Estados fallidos? Afganistán es el mayor productor de opio del planeta, Somalia es el mayor productor de la planta narcótica llamada “khat” en el cuerno del África y Bolivia es el tercer productor de coca y de cocaína en Sudamérica. El cultivo de la adormidera de la que se extrae el opio cubre en este momento todas las 34 provincias de Afganistán. La economía del opio representa 60% de lo que se podría llamar el PIB afgano. El territorio donde predomina el cultivo del “khat” se escindió de Somalia en 1991 y ahora se llama Somalilandia. Los líderes de los cultivadores de la planta ilícita prefirieron separar una parte del país a aceptar las leyes que prohíben la producción de esta droga. Debilitado de esa manera el Estado somalí, los cultivos se han extendido. El comercio de esta droga representa 50 millones de dólares al año, monto que supera el presupuesto de la especie de gobierno que se mantiene en Somalia en este proceso de disolución nacional. Acerca de las propiedades del “khat”, un informe de Europa Press dice: “Sus efectos son estimulantes. Producen en la persona una sensación de alegría, de liberación, acompañada de extrema locuacidad, risas, y finalmente degenera en un estado de semicoma. Usado de manera permanente, puede desembocar en un caso de delirium tremens.” En una conferencia de la ONU realizada el año pasado, el experto Meter Reuter dijo que la producción y comercio de drogas no es necesariamente un causante de la violencia. Pero quizá no tomó en cuenta la situación de Afganistán y Somalia, ni ha incluido en su análisis la crisis de Colombia, el primer productor de coca de Sudamérica convertido en el país con mayor violencia provocada por terroristas narcotraficantes. Y tampoco ha podido incluir, por supuesto, el dato de que ahora, cuando en Bolivia el cultivo de la coca comprende territorios de seis departamentos, y el país ha ingresado en la lista de los que producen clorhidrato de cocaína, hayan comenzado a darse casos de violencia como no se conocía antes.
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