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DISCURSO DE EVO: Comenta Gonzalo Mendieta

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Cartuchos de harina

Los positivistas plurinacionales del 6 de agosto
Gonzalo Mendieta Romero
sábado, 09 de agosto de 2014


Gonzalo Mendieta Romero
Los discursos del 6 de agosto trajeron novedades después de casi nueve años de gobierno, tiempo en el cual a cualquier mortal se le habrían gastado las palabras. Por ejemplo, el Vice archivó toda mención al socialismo, como con perspicacia, malicia ¿y reproche?, apuntó ERBOL. El socialismo quedó guardado en la misma gaveta del capitalismo andino-amazónico, que antes pergeñó García Linera. Su cita de Lenin no compensó esa omisión.
Sin predicar el socialismo, otro García, de nombre Alan, suele invocar del mismo modo al líder bolchevique para sintonizar con la cultura política de matriz universitaria.
Entre las novedades, el discurso presidencial redescubrió la virtud de la concisión -en términos relativos-. Hasta el 6 de agosto del año pasado resistimos, como en Boquerón, arengas de cinco horas. Ahora, algún sensato convenció al Presidente de que el vigor de su mensaje, entre otras variables, es inversamente proporcional a la duración de sus disertaciones.
Por su parte, el Vice esbozó ideas a su estilo, ordenado y esquemático. De ellas, la igualdad tiene dimensión moral e histórica, y es uno de los avances de estos años. Su cariño por la autonomía fue un guiño rutinario a los votantes del oriente. Nadie cuestiona ya, abiertamente, el papel de las regiones ni siquiera por desafío intelectual.
Lo que no varió fue el amor de los mandatarios por los números, la tecnología y el progreso, con una fe propia de dos apasionados positivistas. En esa línea, los restantes temas vicepresidenciales el 6 de agosto fueron el optimismo histórico y la economía plural. El Vice ilustró el optimismo con carreteras, industrias y litio. Igualmente, para el Vice la economía plural se tradujo en bienestar y crecimiento. Es el sueño renacido de la opulencia industrial. Esas palabras vicepresidenciales se sumaron a las de un orgulloso Evo sobre  hidrocarburos, inversión, solvencia externa, reducción de la pobreza, crecimiento del PIB, depósitos, superávit, reservas internacionales, centros energéticos, integración caminera; sumado todo a puentes, ferrocarriles y aeropuertos, sin olvidar la petroquímica (no sigo porque quedé sin aire).
El énfasis a dos voces de Evo y Álvaro revela su ideario modernizante, calcado al de sus predecesores liberales. En el fondo, ellos también creen que las respuestas a nuestros problemas son esencialmente (sino exclusivamente) económicas.
Paradójicamente, los líderes de la plurinación son así herederos directos del positivismo liberal, al cual el MAS le ha hecho un homenaje inconsciente, 100 años después. El positivismo decimonónico portaba los mismos ingredientes de progreso, fe y optimismo que ahora brillan en los recuentos del Presidente y del Vice. En el imaginario masista, Manco Inca ha cedido el paso a las centrales termoeléctricas.
El optimismo histórico del 6 de agosto reposa en un sueño modernizador a gran escala, que el dinero nacional ha de comprar. Pero hay algo muy ingenuo en esta resurrección, como en la fe "progresista” de los liberales de hace un siglo. Y es que no todas las dificultades del país se arreglarán con la modernización tecnológica a gran escala, como también cree el electorado.
Alucinado por el oro del gas, el Gobierno evade con su positivismo resfriado los dilemas que no se remediarán (sólo) con platita. Por ejemplo: la esquizofrenia entre nuestras instituciones "formales” para un país plano, moderno y homogéneo, y sus forzosas adecuaciones prácticas a las ondulaciones de las montañas, la premodernidad y la heterogeneidad de nuestra institucionalidad "real”. O este Estado sin el monopolio de la violencia legítima (del que hablan los sociólogos guacamayos), que se limita a un discreto papel de bróker entre los factores de poder social.  
Por todo eso, los discursos del 6 de agosto del Presi y del Vice fueron también un ejercicio de evasión. Más o menos como el del ricachón que presume, con tanta buena intención como superficialidad, que los barullos de su familia se disiparán regalando autos caros a sus hijos.
 

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