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La dignidad de la derrota

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Economía de palabras

La dignidad de la derrota

Humberto Vacaflor Ganam

 

Jorge Luis Borges repetía, incluso en relación con la Ilíada, aquello de que la derrota goza de un grado de dignidad del que difícilmente goza la victoria.

Por esa extraña ventaja de la derrota, todos recuerdan a los troyanos, los derrotados, pero no a los griegos, que incendiaron Troya hace 3.200 años.

Para que la dignidad de la derrota se pueda dar, hace falta que los derrotados se hayan comportado decentemente. Que hayan muerto, como Héctor, en la batalla.

En la derrota del MAS, ahora, en el referéndum, faltó el elemento de honorabilidad que le hubiera podido conceder el grado de dignidad del que gozan los derrotados.

Patalear, usar triquiñuelas, alegar que el enemigo gozó de ciertas ventajas, no es honorable, porque equivale a lloriquear, a ser plañideros. Culpar a los extranjeros o a conspiraciones internas, verdaderas o no, denigra a la propia derrota.

Amenazar, anunciar vendettas, decir que en anteriores elecciones se dieron casos de manipulación de los resultados, es renunciar a la dignidad de la derrota.

Lo que tienen que hacer los derrotados de ahora, ya que no se merecen el grado de dignidad que otorga Borges, es sosegarse, admitir que unas veces se gana, otras se pierde, pero que siempre hay que competir.

Y que en 2025, con un poco de suerte, podrán volver a las andanzas electorales. Deberán resignarse a que entonces no tendrán las ventajas de ahora, cuando usan y abusan de los medios del Estado. Deberán ponerse a prueba para ver si son dignos de ganar una elección con las manos desnudas.

Aunque no tengan el grado de dignidad de los derrotados, porque han lloriqueado, tienen ahora la posibilidad de enmendar algunos errores.

Es cierto: la derrota los deja como gobernantes depuestos con mucha  anticipación, pero deberían admitir que son solamente ellos los culpables de esta situación. Sólo ellos se embarcaron en un referéndum en el que iban a ser aplazados.

Ahora pueden dedicarse a mejorar la imagen que tienen, por ejemplo manejando bien las cosas del Estado, las inversiones, las licitaciones, de tal modo que no sean cosas que se resuelven entre sábanas.

A la gente no le gustan esos detalles. Se ha comprobado ahora. 

Se podría decir que los derrotados de esta vez tienen que aprender la lección. No es difícil. Un poco de decencia lo resuelve todo.

Vacaflor.obolog.com

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