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¿Devaluar o no devaluar? Finalmente alguien que sabe

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“Devaluar colapsaría el modelo”: ¿y…?

J. Enrique Velazco Reckling, Ph.D.

Devaluar (o no) es el tema de actualidad. En su columna de Página Siete, la semana pasada Alberto Bonadona sostiene que Bolivia no puede devaluar porque la estructura misma de la actual política económica se desplomaría. Otros conocidos economistas han entrado al debate, unos en línea con el razonamiento de Alberto, que devaluar no compensaría la caída en el valor de las exportaciones y tendría efectos sociopolíticos muy negativos; y otros, por el contrario, que apoyan la devaluación para equilibrar la balanza comercial frenando, en algo, la inundación de productos importados que están acorralando a la producción nacional.
Analizar este tema solamente desde la perspectiva de los modelos que reflejan la teoría económica dominante, y de parámetros macroeconómicos como la inflación, la balanza comercial o el crecimiento, es alimentar los debates académicos, ideológicos y políticos que ignoran sistemáticamente los efectos e impactos que los modelos y las políticas tienen sobre la economía real, la gente y su bienestar.
Desde 1985, cuando entronizamos la estabilidad económica como un principio casi dogmático de la política macroeconómica, Bolivia ha mantenido las presiones inflacionarias bajo control, aunque con diferentes políticas cambiarias: hasta 2005, con un tipo de cambio flexible y, desde entonces, con tendencia a fortalecer la moneda y al cambio fijo. El que en los últimos diez años, el crecimiento promedio es mayor y la inflación menor que antes de 2005, es argumento para que algunos encuentren que el modelo más reciente es superior.
Pero, ¿hay alguna diferencia en cómo afectaron estos modelos a la gente? La Oferta Total en el mercado boliviano (la suma del PIB más las importaciones), muestra que entre 1990 y 2005 la contribución del PIB a la oferta (a precios básicos) fue el 74%, en promedio, los impuestos llegaban al 6%, las importaciones aportaron un 13% y los márgenes de comercialización y transporte el 7%. Entre 2005 y 2014, el aporte del PIBpb cae al 68%, los impuestos casi se duplican –suben a 10%– las importaciones cubren el 17% y los márgenes de comercialización y transporte, bajan al 5% del valor de la oferta total.
Es decir, bajó el aporte relativo de la producción nacional a la oferta total, mientras que aumentan las importaciones y los impuestos.
Con relación a la demanda total, entre 1990 y 2005 el consumo final (sector público más hogares) era el 43,5%, el consumo intermedio representó el 38%, la formación bruta de capital (más variación de existencias) 8% y, finalmente, las exportaciones un 10,5%. Entre 2005 y 2014, el consumo intermedio y la formación bruta de capital mantienen sus participaciones, pero el consumo final cae al 35%, y las exportaciones duplican al 20% su contribución a la demanda total.
Los datos muestran, más específicamente, el deterioro relativo del ingreso de los asalariados y del consumo de los hogares: entre 1990 y 2005, el 30% del valor de la oferta total se destinó a remunerar a empleados y trabajadores; entre 2005 y 2014, la “tajada” de las remuneraciones cae al 23%. En cuanto al consumo, entre 1990 y 2005 los hogares representaron el 37%, mientras que desde el 2005 su consumo cubrió solo el 28% de la demanda total.
En resumen, aunque hubo más crecimiento, éste no beneficia directamente a la gente, porque se reducen tanto la oferta (creación de valor, empleos y remuneraciones) como su demanda (consumo de los hogares).
Desde esta perspectiva, está claro que los datos sugieren que no estamos en la dirección correcta. Que el resultado pueda o no atribuirse al tipo de cambio es, en realidad, irrelevante. Muchos otros factores, además del tipo de cambio, contribuyen en mayor o menor medida al resultado observado; de hecho, Alberto ya mostró el negativo impacto de la política tributaria fundamentalmente recaudatoria, y son más de 25 años que cuestionamos políticas de desarrollo diseñadas a partir de teorías y de modelos groseramente simplistas que, además, impiden tener una visión de desarrollo productivo “económicamente competitivo, socialmente equitativo y ambientalmente comprometido”.
En las actuales condiciones, devaluar o no, no es una decisión económica; será una decisión política que reflejará las prioridades relativas de quienes la tomen.
Las tendencias mostradas deberían movernos a una discusión mucho más práctica en relación a las orientaciones y la selección de las políticas públicas. No se trata de preservar un modelo –ni el actual ni cualquier otro– como un fin en sí mismo. En el actual proceso, especialmente, el único criterio válido para definir la economía como saludable y al modelo como pertinente, es el bienestar –el vivir bien, ahora y para las generaciones futuras– que la gente mide con la calidad del empleo y con la dignidad de los ingresos que éste les genera.
Puesto de esta manera, se podría llegar al extremo de plantear como la disyuntiva real ?cruel para algunos? que “devaluar desmoronará el modelo; pero no devaluar, destruirá la incipiente capacidad de generar valor y empleo digno.”
El debate de fondo, sigue siendo extractivismo rentista vs diversificación productiva. Al final del día, un modelo se cambia con un simple decreto; pero crear una economía diversificada, efectivamente incluyente (social y económicamente), y comprometida con la Madre Tierra, toma generaciones de compromiso, de honestidad intelectual y, sobre todo, de un pensamiento crítico capaz de alimentar el realismo necesario para evitar las desilusiones, que son el resultado cierto de los optimismo infundados.

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