Avisar de contenido inadecuado

El Che en la ínsula Barataria

{
}

Tomado del libro "La guerrilla que contamos"

 

El Che en la ínsula Barataria

 Humberto Vacaflor Ganam

Hace medio siglo Bolivia tuvo el amargo honor de ser el territorio donde debía comenzar la revolución continental, a cargo de un guerrillero que se llegó aquí como Sancho a la ínsula Barataria, enviado por el humor de un duque caribeño.

Para elegir este territorio es probable que quienes tejieron estos designios hayan tomado en cuenta la cantidad de derrotas militares que tuvo Bolivia en su historia, algo en lo que es imbatible. Militares tan veloces para ocupar el Palacio Quemado como para huir de los invasores.

La ínsula no estaba preparada para la parodia porque el duque no había hecho su parte, lo que este pobre Sancho no supo nunca, hasta que se metió en el hoyo, en la cueva, llamada con el sinónimo de la zona, El Yuro, donde cayó su ventura para jamás levantarse.

Los habitantes de la ínsula hubieran recibido con mejor talante el mensaje del recién llegado si no fuera que acababan de vivir, sólo tres años antes, la muerte de otra de las revoluciones que debía cambiarlo todo pero terminó, como todas ellas, en una frustración.

La revolución que proponía el recién llegado se frustró de entrada, lo que la libró de repetir el destino de todos los experimentos que así comienzan, de convertirse en el criadero de nuevos majaderos. En su efímera vida, aún antes de ser parida, esta revolución probó las amarguras de las traiciones y las canalladas, a cargo de quienes tienen un solo objetivo en sus vidas: el poder.

En las selvas casi despobladas donde debía comenzar esta batalla, los burócratas de la política se disputaban jerarquías, como si hubieran tomado control de la ínsula y tuviesen que administrarla.

El duque caribeño se desentendió muy pronto y dejó que Sancho deambulara por la selva sin comando ni refuerzos en dirección de la cueva que lo esperaba.

Los habitantes de la ínsula no comprendían cómo este Sancho les venía a hacer propuestas tan poco originales, como la reforma agraria, que ellos la conocían desde la anterior frustración.

Si fue la idea del duque o de algún escritor muy imaginativo y genial, a esta historia le faltó el humor. El capítulo tuvo un desenlace trágico y grotesco.

El paso de este Sancho dejó algunos conversos en la ínsula, sorprendentes conversos. Había comenzado la comedia.

Como el Cid, este Sancho ganó batallas estando muerto. Su caballo sigue galopando ahora, cincuenta años después, pero el mensaje se ha convertido en una farsa, en posturas engañosas de quienes lo proclaman héroe desde la abyección.

Desde el Caribe, entretanto, el duque miró con indiferencia toda esta parodia. Otros Sanchos que él había enviado hacia otras ínsulas también sucumbieron o, para sobrevivir, debieron ocuparse de actividades lucrativas. Se sumaron a una transnacional que vende ínsulas imaginarias pero individuales, contenidas en un polvo blanco. Son también unos duques.

Triste la historia de este Sancho. Comenzó siendo un drama, pasó a ser tragedia y termina como personaje de una función de titiriteros inescrupulosos que usan su imagen para disfrazar sus tropelías.

 

 

José Luis Alcázar de la Riva, Juan Carlos Salazar del Barrio y Humberto Vacaflor Ganam, cincuenta años después de aquella experiencia, hemos decidido reunir algunos textos para ofrecerlos al lector como testimonios de lo que vimos entonces en el lugar de los hechos.

Una de las primeras frustraciones que tuvimos fue tratar de hacer entender, durante cincuenta años, que la palabra Ñacahuasu, según la pronuncian los campesinos de la zona donde se dio la primera batalla, no es aguda, pero la tilde final se convirtió en una entrometida imposible de erradicar. Los correctores son compulsivos, también en este caso.

Aparte de este detalle de periodistas obsesivos por las palabras, lo que vivió el país fue un trauma que sigue teniendo repercusiones medio siglo después. 

Los soldados de la Fuerzas Armadas, obligados a gritar la consigna de “Patria o Muerte: venceremos” muestran ahora que el fantasma del Che Guevara pudo más que el guerrillero. O que las majaderías de los nuevos revolucionarios por conveniencia hacen de esa parafernalia un ritual de burla.

Los cambios en las personas, provocados por el fantasma del Che se siguen dando en este siglo XXI, cuando el mensaje del socialismo está enterrados por la corrupción de los jerarcas soviéticos, que descubrieron sus aptitudes para ser mafiosos y terminaron privatizando para ellos mismos los despojos de la potencia.

Los cambios de postura política de la gente ha sido la constante de la herencia del Che. Los militares que no fueron muertos por los guerreros vengadores del fantasma se transformaron tanto que pocos los reconocían.

Para algunos de ellos el haber estado en contra de la guerrilla fue como recorrer el camino de Damasco, que los convirtió y les hizo olvidar sus juramentos y sus lealtades ideológicas previas.

Si en 1937 unos militares templados en la guerra del Chaco nacionalizaron la Standard Oil of New Jersey, en 1969 los militares sacudidos por la experiencia de la guerrilla que se dio cerca del Chaco, nacionalizaron la Gulf Oil Company. La empresa estatal del petróleo, nacida tras una guerra y fortalecida tras una guerrilla, no pudo escapar a su sino dramático y cayó en el nuevo siglo en manos de traficantes de la política.

Las minas estatales, donde el Che había generado gestos de apoyo franco y de solidaridad, pasaron a ser el museo de la Bolivia nacida en 1545, la Bolivia minera donde los majaderos modernos mezclan la política con los negocios.

La muerte del Che inspiró a muchos jóvenes, que se lanzaron a una guerrilla desesperada. Se inspiraron en el heroísmo del argentino y no observaron los errores militares que había cometido. Y así les fue.

Otros se convirtieron en becarios de la guerrilla, en la URSS, China, Cuba, Albania, con post grado en El Salvador, en el campamento El Volcán… Tan malas habrán sido las enseñanzas o tan poco el interés de los becarios que nunca más hubo guerrillas en Bolivia. La mayoría de los becarios entendieron solamente lo más profundo de las enseñanzas, el mensaje no dicho en palabras sino en actos por los instructores: no importa quiénes sean los guerrilleros que luchen, lo importante es estar en la cosecha de las mieles del poder. Ninguno de los becarios tenía la vocación para convertirse en carne de cañón.

Si volviera ahora, Che Guevara tendría que proponerse combatir a otra potencia, una transnacional más poderosa que todas las potencias que fatigaron esta geografía.

Ningún hombre vuelve dos veces al mismo río, dicen los griegos. Ningún guerrillero romántico y desordenado vuelve a un mismo país para combatir a la potencia de turno, porque él ha cambiado así como el país. Y también cambió la potencia.

HVG

{
}
{
}

Deja tu comentario El Che en la ínsula Barataria

Identifícate en OboLog, o crea tu blog gratis si aún no estás registrado.

Avatar Tu nombre

Los comentarios de este blog están moderados. Es posible que éstos no se publiquen hasta que hayan sido aprobados por el autor del blog.