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Lo bueno de un gobierno malo

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Recuerdos del presente

 

La importancia de los malos gobiernos

 

Humberto Vacaflor

 

Los candidatos a la presidencia de Estados Unidos tienen una sola cosa en común, pero muy firme: ninguno de ellos propone seguir las políticas de George W. Bush. Más todavía: todos ellos, demócratas y republicanos, quieren hacer lo contrario.

Ese es el aporte, la herencia de Bush. Ha unido a los norteamericanos; ahora todos ellos saben lo que es un mal gobierno.

Cada quien aporta con lo que puede. La mejor contribución de Bush a su país será su salida de la presidencia. Dejará un país con ideas claras, bien ubicado.

Los efectos de este aporte comienzan a verse en el proceso de la elección del sucesor. Si hasta da la impresión de que los norteamericanos hubieran tomado una purga política durante ocho años.

Nunca antes la democracia de Estados Unidos se había mostrado tan vigorosa como ahora. A tal punto que está dando un espectáculo que tiene en suspenso a todo el mundo, un espectáculo tan sencillo como elegir a sus candidatos mediante un método tan antiguo como la democracia. El espectáculo da vigor a la democracia en todo el mundo. Es mucho más eficiente que todas las guerras que Estados Unidos hace regularmente en diferentes lugares del mundo con el propósito o el pretexto de defender la libertad y expandir la democracia.

Y esa es una contribución de Bush, el resultado de su pésima gestión, que terminó siendo didáctica. Su mérito es haber escarmentado al electorado de su país.

Parece que el método de cometer un error y luego corregirlo y así ir avanzando hacia un buen camino no es solamente de los hombres, sino también de los pueblos. Errar es humano, pero también es colectivo, de una sociedad.

Los malos gobiernos, como el caso que nos ocupa, se convierten en puntos de referencia: marcan la dirección que se debe evitar. Siempre hay el riesgo de que, por corregir un error, el electorado termine con un gobierno peor. Los bolivianos sabemos muy bien de eso. Pero para evitar ese riesgo, los norteamericanos se han lanzado a una campaña electoral diferente. Las primarias que ahora se están desarrollando son las primeras en que los candidatos compiten con ideas, dicen los informes. Y eso, por supuesto, sorprende a todo el mundo. Pero da una idea de lo que fueron las elecciones anteriores.

Quizá la determinación de los norteamericanos de corregir el error no sería tan firme como lo es ahora si es que no hubieran reelegido a Bush. Tendrían ellos que saber que en el mundo entero, ese mismo mundo que ahora los admira por su democracia, nadie entendía cómo pudieron reelegirlo.

Lo cierto es que ahora están en el camino correcto, han admitido su pecado y tienen el propósito de enmendarlo.

Para mejorar todavía más la imagen de la democracia de Estados Unidos, muy cerca de allí, en Cuba, acaba de darse un espectáculo democrático menos emocionante. Y casi deprimente. El informe oficial dice que en las elecciones parlamentarias de Cuba, Raúl Castro logró 99,3% de votos y Fidel Castro 98,7%.

Pero ahora se sienten vientos de renovación en Cuba. Lo que no ha conseguido el absurdo bloqueo de tantos años, llevar libertad a Cuba, parece más cerca ahora debido a la gigantesca lección que está dando Estados Unidos.

Es increíble los alcances que puede tener el propósito de enmienda de una potencia.

 

 

 

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